Paradito en el anden, estiraba el cuello hacia la derecha y miraba a lo lejos a ver si venia el tren. Un domingo cualquiera a la mañana bien temprano, me encuentra de la mano de mi papá, que me sostiene firme con una y con la otra se acerca la radio "Spika" al oído, buscando sintonía en semejante barullo de una bocina cercana.
Subíamos al tren y corría tratando de ganar de mano y la ventanilla. El viaje era largo y no era cuestión de estar aburrido. De Campana a Retiro, después a Constitución y caminar por Av. La Plata, hasta el Gasómetro para ver a San Lorenzo, no se me daba siempre a pesar de mis pedidos.
Mientras caminábamos, se me hacia mariposas el estomago, un poco por nervios, otro poco por las ansias de llegar. La gente, el murmullo, las cortinas rojas y azules de los comercios, las banderas, las largas paredes blancas con las ventanillas para sacar entrada. La voz del estadio que apuraba y mi estomago que seguía latiendo mas que el corazón.
Sentarme detrás del arco, casi a la altura del penal, y sentir el ruido del guante al atajar de Buticce, el sonido de la red con un gol de Pedro Gonzalez, ver de cerquita al "Loco" Doval, sentir el seco sonar del botín del "Lobo" Fischer contra la pelota, y las medias bajas del "Bambino" Veira. Todos mis ídolos, que solo los escuchaba nombrar en la radio y ver apenas por Televisión, estaban ahí, a un paso, a una mirada nublada de emoción.
Pero aun faltaba lo mejor, después de haber visto, tercera, reserva y primera, nos hacíamos tiempo para ir a la salida de vestuarios. Teníamos que volver a casa, estaba oscureciendo, y el tiempo corría rápido, pero igual nos parábamos entre la gente y respetando la puerta de salida esperábamos.
Por allá siento la vos de mi papá...Veira.!!!. Una persona en la oscuridad y en la altura, mira, gira y se acerca. El "Bambino", el del chanfle perfecto en cada tiro libre, el de las medias bajas, estaba parado delante de mí, lo podía tocar, lo podía admirar, el que solo era un apellido en la radio y una minúscula imagen en la tele, estaba ahí, conmigo, con mi viejo. Por un momento sentí que era mi amigo, el del patio de mi abuela, el del partido con arcos de macetas y helechos, el que nombraba en una trasmisión imaginaria y audaz.
Los jugadores de hoy llegan al estadio, el padre corre con su hijo a "cococho", pero la ventanilla del colectivo estaba tan alta que no alcanzó a distinguir quien de todos los ídolos del niño era. Corrió hacia donde estacionó, se mezcló con esfuerzo entre la gente hasta chocar con un policía y un corral de caños blancos a la altura del pecho. A diez metros estaba la entrada, no importa no tocarlos, solo el saludo alcanzaba para la ilusión del no dormir de su hijo. Lentamente se abre la puerta, se escuchan gritos, todo se mueve en derredor, un policía se pone adelante, pero no importa, solo quiere que su hijo viva un momento feliz. Bajan los jugadores del colectivo, los auriculares metidos hasta la Trompa de Eustaquio no dejan escuchar, ni los anteojos de sol los dejan ver y encima el pulgar no deja de dar vueltas en el celular última generación. No se enteran de ese niño amontonado, traspirado por el sol de frente, incomodo en los hombros, levanta sus manitas aun a riesgo de caer. Corren los poco metros y desaparecen tan rápido como bajaron. Y ahí se quedo el niño, en un solo pestañar pasaron sus ídolos, los que ve solo por la tele y siente nombrar, los que son una pequeña imagen y que trata de copiar, pasaron enfundados en su mundo de sordidez y ceguera.
Las tribunas aparecen vacías, como vacío es el espacio entre publico y jugador actual, no es que la gente se aleje de los equipos actuales, los jugadores se alejan de la gente. No hay contacto, mirada, caricia, ni siquiera un saludo. Hay una distancia enorme entre ser famoso a ser popular. Son dos cosas enormemente distintas, tan distintas como las medias bajas de potrero del "Bambino" y el caparazón insensible de los famosos.
Hasta la próxima
NESTOR OSCAR BUERI
Coordinador de grupos
Psicólogo Social
Charlas y conferencias
nestorb_ps@hotmail.com



