Buenos Aires(Especial para NA, por Pepe Eliaschev) - El gobierno de la República Argentina se siente cada vez más molesto y hostilizado por los piqueteros. El presidente Néstor Kirchner quiere aplastar los innumerables nidos de reptiles venenosos que edificaron el complejo policial-gangsteril en un insondable Gran Buenos Aires convertido en tierra propicia para secuestros, extorsiones y delitos varios.
Quienes manejan el poder de este país hace ya más de seis meses vienen esmerando ahora sus pasos, y en diversas latitudes, para consolidar la noción de una administración a cargo del país, serena pero resuelta a ejercer el poder.
Los resultados son, de momento, variados y contradictorios. El Presidente tiene un contencioso peculiar con la provincia de Buenos Aires, la tierra política donde se aposenta el poder de su aliado y sostén principal, Eduardo Duhalde.
Por temperamento, convicciones y posibilidades, el gobernador Felipe Solá persevera, sin levantar la voz, en una salida ordenada y pactada del viejo régimen. El peronismo maneja la mayor provincia argentina hace ya 16 años y en el magma coloidal de su espesa urdimbre es imposible hoy divisar fronteras como aquellas de los años Ochenta, cuando Antonio Cafiero era una cosa y Herminio Iglesias era otra.
Lo que debe desesperar al Dr. Kirchner es la imposibilidad de poner orden en unas comarcas ajenas a ideologismos o preocupaciones doctrinarias. El tema allí es rústico y duro, ajeno a los circunloquios intelectuales: se trata de arrasar los bastiones de un sistema fundado en unos cimientos donde si no hay delito, por lo menos hay trasgresión, y si ésta no aparece, sin duda hay enorme incompetencia. Es un sistema establecido sobre la base de la a-juridicidad.
Pero el Presidente tiene límites infranqueables que recortan sus pretensiones. Su acceso al gobierno y la construcción de su poder se entretejen desde el primer día en una filigrana endiablada: necesita a Duhalde de manera innegociable, pero repudia los supuestos metodológicos del duhaldismo realmente existente, una forma del caudillismo tradicional que opera con punteros, intendencias, planes sociales y, en términos generales, con un polifacético esquema de prestaciones y contraprestaciones.
En las hendijas de ese sistema de favores y gambeteos a la ley, prolifera un entramado muy parecido a los rompecabezas de súbita autodestrucción: desarmarlos sin respetar los tiempos puede implicar que estallen.
El Presidente desencadenó ahora el accionar de la Secretaria de Inteligencia de Estado (SIDE) sobre guaridas de secuestradores que operan en la provincia de Buenos Aires. No merece reparos esa conducta proactiva: si no lo hiciera, hay una sociedad que se ve a sí misma como bienpensante y que lo estigmatizaría por tener mano blanda con los delincuentes.
Pero tiene mucho de patético que el sistema de inteligencia que tiene el Estado argentino para proteger los intereses de su seguridad nacional deba ser empeñado, a balazo limpio, para encontrar secuestradores de adolescentes a los que no pudo capturar el mayor cuerpo militarizado del país, la policía de la provincia de Buenos Aires.
Por esos caminos anda el Dr. Kirchner. Lo necesita y lo quiere a Duhalde. A Duhalde le pasa lo mismo con Kirchner, con la diferencia de que el ex presidente tiene dos cartas fuertes y mucha y astuta paciencia a su favor. Esas cartas se llaman Roberto Lavagna y Chiche Duhalde, cuyo protagonismo en estas horas es casi obvio detectar.
No hay conspiraciones contra el Presidente, ni mucho menos, pero se producen situaciones bastante inevitables.
El reformismo kirchnerista puede resultar lacerante no solo para los bolsones de inmundicia que gravitan en el manejo del poder en la Argentina. Pero sus alcances pueden repercutir negativamente, además, sobre equilibrios institucionales para con los que Duhalde y el propio ministro de Economía son mucho más contemplativos.
En el gran pantano de las cuestiones de solución eternamente pendiente, el actual gobierno de la Argentina se maneja a veces con enemigos que actúan de manera caleidoscópica: cambian, oscilan, rotan, son mutantes.
¿Es que sólo hay dura y bruta y desoladora ineficiencia en esas estructuras públicas minadas por la lentitud y la picardía de zócalo? En muchos casos, más que los zarpazos de un delito supuestamente indomable y todopoderoso, habrá que ver el mero resultado del atraso, de la obsolescencia y hasta de la pereza.
A diez días de hacer pie en las playas del período constitucional formal, el Presidente ha establecido cabeceras firmes y fehacientes. Pero sus tropas son variopintas y en ellas se advierte el clásico fenómeno de mezcla de lo nuevo con lo viejo.
Desarmados los peligros convencionales que lo asolaron durante los primeros 180 días, el Dr. Kirchner deberá bosquejar ahora un sistema diferenciado de aproximación a los problemas, asumiendo que un mandato constitucional propiamente dicho tal vez exija mayor pulcritud y menos aparatosidad en sus actos de gobierno.
Sobre el final del año, el nuevo gabinete de gobierno que Aníbal Ibarra estrena en la ciudad de Buenos Aires exhibe los infinitos y sutiles matices de la mentada ¨transversalidad¨, un comodín mediático multipropósito que evoca otro equivalente, de los años Setenta, cuando Juan Perón les propinó el ¨trasvasamiento generacional¨ a sus adocenados coroneles. Así estrenó un galimatías que jamás pudo resolverse, porque tras un ¨trasvasamiento¨ en el cual proliferaron Abal Medina, Galimberti, Bonasso, Gullo y otros, vinieron los López Rega, los Lastiri y toda la saga del horror.
Ahora es diferente, pero al hacer su propia versión de una política de alianzas adecuada a la realidad de la Capital Federal, el Dr. Ibarra exhibe una autonomía que no convence a ciertas oficinas estratégicas de la Casa Rosada.
Kirchner, de otro lado, no es Perón ni está rodeado de los siniestros sujetos que rodeaban al Líder, por lo cual ambos fenómenos ¨trans¨ no son equiparables, pero hablan, sí, de las endemoniadas internas de un movimiento surgido desde el poder, para el poder y por el poder que, si hubiese sido conocido por Niccoló Macchiavelli, otros matices asombrosos le hubieran permitido añadir a ¨El Príncipe¨, obra que más que nunca parece ser reverenciada hoy en los intersticios de poder de este país.



