Hace mucho tiempo atrás compré un enorme rompecabezas. Es un hermoso homenaje y reto a mi vida. Este me acompaña siempre, lo mimo, pero no lo cuido. Lo maltrato y me lo maltratan, muchas veces ajado por el tiempo y los temporales. Pero está ahí, en la mesa de la vida contemplando pasar el tiempo, sin completarlo, pero con todas las fichas disponibles, esperando colocarlas de a una. No tengo la imagen final, no tengo la menor idea de cual será su entrañable paisaje.
Una vez, recorriendo por sus piezas, llevando consigo el costoso trabajo de armar de a poco sus partes, encuentro a otra persona cargando el juego de vida más hermoso y complicado, piezas pequeña y grandes, brillantes y opacas. Mostraba a simple vista que su imagen estaba incompleta y que por el paso del tiempo no quedaba mas remedio que dejarlas, sortear que pieza nueva debía poner para seguir camino. Vivir era la palabra que faltaba, pieza fundamental para armar y llegar al final, completo o por lo menos intentándolo.
Me acerque y descubrí que no era esa persona la única que compartía dicha desgracia. Volví a mi rompecabezas, lo contemplé, lo revisé, lo estudié detalladamente sin encontrar pieza faltante alguna que pueda compartir para con ellos, los ¨distintos¨. Descubrí que todas las partes pertenecían a cada uno de ellos, eran compatibles si yo daba de mis piezas y completar así la faltante palabra, la faltante imagen, el brillo de los ojos, el sueño de sol al atardecer. Cuantas cosas se podrían realizar si yo, o vos, o nosotros compartiéramos parte de nuestra pieza, si cuando la vida nos dice con voz de orden el temido juego terminado, no hay más tiempo para armar. Todas las fichas quedan desparramadas sobre el escenario de lo que fuimos y seremos.
Pero descubrí que había muchos de estos ¨distintos¨ que dejaban de jugar porque otros no prestaban sus fichas, no compartían sus piezas cuando la orden llegaba, juntaban todo en su caja de madera y cerraban el cofre para luego ser vaciado en el tiempo. Ellos me enseñaron ese domingo de sol brillante y atardecer cálido que si compartimos, nos educamos. Si nos educamos podemos formar la imagen más bella del mundo, tus piezas faltantes se completarían para que termines la mía, cuando la vida me diga basta. No vendría a agradecerte, pero sí estarías agradecido de compartir, ya sea por mucho tiempo o por poco tiempo, aquella enorme figura de dos manos tocándose o de los niños jugando en el parque o del sol saliendo detrás del mar infinito o solo de mí aprendiendo a que vos necesitas mi pieza para poder vivir, solo cuando yo no este, ayudándome a completar mi vida.
Así fue, ese domingo en donde Pacientes por la Vida me enseñó a compartir mis piezas. Mostrándome como ellos uniendo sus imágenes, demostraban que se podía seguir el juego. La cultura de donar, la cultura de cantar y pintar la vida, rompecabezas interminable que cada uno de nosotros lleva y trae, pero que debemos dar, cuando el juego termina, para que un hermano, un amigo o familiar complete el cuadro, complete la vida faltante. Un gracias por lo visto, un aplauso por lo enseñado, un enorme abrazo de solidaridad para con ustedes que día a día logran hacer abrir nuestras conciencias hacia la luz del vivir, de la calidad de vida. No importa si los que dictan el cómo y dónde ponemos las piezas no vinieron, eran los menos detrás de los que creemos en que la vida vale más. Sigan buscando piezas y uniéndolas, porque a nuestra cultura le faltan bastantes y nos pensamos completos.
Con esto formo un manifiesto y con el doy mis lágrimas del domingo, mi risa de la semana, sus testimonios en mis oídos, mi conciencia educada para enseñar y transmitir lo aprendido, pero sobre todo mis órganos, por que vos los necesitas.
El autor es miembro del Centro de Estudios Literarios y Periodísticos (CELP) del Taller-Escuela Mariano Moreno.



