Se escucha con frecuencia que en el terreno de lo que denominamos ¨política partidaria¨ o ¨política de gobierno¨ se ejerce presión para obtener algo o el favor de alguien. Esto, si se encuadra dentro de los cánones de la ética se constituye en una práctica lícita. Pero también existen otros métodos menos ortodoxos y hasta reñidos con la decencia que forman esta estrategia.
A quienes desde la función pública se nos faculta para formar e informar a la ciudadanía respecto del apego al respecto y cumplimiento de la ley y sus derivados, en principio, no nos está permitido ni por la ley ni por el sentido común, hacer uso de metodologías contrapuestas a la doctrina que profesamos.
Pero claro está que en rigor, el funcionario no siempre está del lado que debe estar y ello lo vemos y oimos a diario, y a pesar de que lo cotidiano de tales conductas nos la muestran como actitudes socialmente aceptadas, por aquello de que para ser político, hay que ser engañoso. Todo funcionario público, sin importar su pertenencia partidaria ni su rango, debe convivir con la ética y con la moral, no existe nada ni nadie que faculte al funcionario o al ciudadano común a vivir o actuar fuera del derecho y sentido común.
Todos sabemos que esto ocurre cada día con mayor frecuencia y que son más los que sucumben a la tentación del delito que los que, a pesar del entorno, se mantienen integros.
Es que donde comienza a hacerse sentir el fantasma de la presión por parte de aquellos que no quieren estar solo en el oficio de delinquir. Todos sabemos que el delincuente siempre termina involucrando a alguien más en su accionar, porque, de ese modo obtiene cierta protección y la complicidad que otorga impunidad, prueba de ello es el elevado índice de comisión de delitos, a pesar de la renuencia en denunciar parte de los que opinan que la justicia es lenta y por lo tanto ineficaz. Si sumamos los delitos denunciados y los no denunciados las cifras son realmente alarmantes.
Estas conductas también obedecen a determinadas presiones, muchos son presionados para efectuar denuncias penalaes que a veces son ajenas a la verdad, y otros tantos son presionados para no denunciar.
El delito avanza y presiona contra todo lo que se le oponga. Un claro ejemplo de ello es el dato escalofriante que da cuenta que 271 policías bonaerenses fueron muertos en la lucha contra el crimen entre enero del 91 y octubre de 2003 a los que se suman 193 policías federales en el mismo periodo.
También es cierto que estan los funcionarios que con el código penal bajo el brazo y con ética y profesionalidad avanzan día a día en su derrotero de cambiar la historia, de modificar las conductas delictivas de cambios de un sistema de corrupción e impunidad, a otro de respeto por los bienes, la integridad y la vida.
Esos hombres y mujeres también deben soportar, quizas más que nadie, a los idóneos en el arte de presionar, a los expertos en el oficio de delinquir, a los mercaderes de la muerte, porque, a no olvidar jamas que el delito, cuanto más organizado es sinónimo de muerte.
Bendigo a los hombres y mujeres que soportan el embate a pié firme y que contra todo siguen creyendo en la paz social y en la justicia que algunos se empeñan en destruir.
También los que estamos del lado de la verdad y emparentados con la justicia, ejercemos el lícito arte de presionar donde el derecho manda, para vencer asi el fantasma de la delincuencia y la impunidad que pelea para imponerse.
* Presidente del Círculo de Periodistas Campana (CI.PE.CA).
Coordinador de Of. descentralizada de Política Criminal y Coordinación Fiscal.



