Buenos Aires (Especial para NA, por Pepe Eliaschev) -- Inútil buscarle la quinta pata al gato. Hace 12 meses la Argentina era solo default. Era violencia. Era aislamiento internacional.
Era recesión. Gobernaba una arquitectura de la provisoriedad. Nos habíamos quedado azorados ante nuestra propia vulnerabilidad.
¿Quién daba un peso por este país hace 400 días? Pero, ¿es que, acaso, ahora chapoteamos gozosamente en la afluencia?
Por cierto que no, pero la Argentina que aguarda el comienzo de 2004 ha huido con destreza de la autodestrucción. Sonará incomprensible para muchos sabihondos, pero (¡vaya a saberse desde donde!) ha renacido una curiosa, perceptible esperanza.
El default sigue impertérrito como fue proclamado a comienzos de 2002 y los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional (FMI) permanecen en ese estado de sospecha y recelo estructurales a los que este país se ha acostumbrado. Hay inseguridad feroz en el Gran Buenos Aires, las denuncias sobre corrupción política impactan pero no eliminan la sospecha de que todo es igual que siempre.
Pero la Argentina de estas horas se parece poco a lo terrorífico que la caracterizaba hace apenas 52 semanas. ¿Qué cambio?
Un año que comenzó con un gobierno sostenido sobre la base del terror al vacío que laceró a la Argentina desde fines de 2001, concluye con una administración política visiblemente a cargo de la situación y ostensible legitimidad funcional.
El Presidente gobierna como si tuviera el mandato de más de la mitad de la población. Fernando de la Rua, que fue electo con el 49 % de los votos, a los seis meses de gestión recaudaba menos de la mitad de esa cifra de aceptación popular, mientras que Néstor Kirchner triplica hoy en aprobación ciudadana lo que cosechó en las elecciones del 27 de abril. Es algo notable, hay que decirlo.
El Presidente ha construido su historia desobedeciendo ciertas sabidurías convencionales y si su capital político propio sigue siendo tenue en efectividades conducentes, es notorio que su masa critica de hoy es descomunal respecto de su esquelética realidad de hace un año. Primero estableció su poder y delimito su espacio propio. Barrió de las hoy intrascendentes Fuerzas Armadas a oficiales asociados a la reminiscencia del terror de Estado de los años Setenta. El reemplazo de Ricardo Brinzoni por Roberto Bendini no fue agraciado ni armónico, debido a la premura y a una cierta tosquedad que matizaron las primeras semanas del Gobierno.
Pero el sacudón, precio político que podría haber sido inferior si el nuevo jefe del Ejército no hubiese sido tan vulnerable como el actual, fue asimilado por el Presidente.
En la Corte Suprema de Justicia fue obliterado el núcleo de la llamada mayoría automática, concepto que mas allá de su imprecisión relativa, exhibía el control político férreo que durante el gobierno de Carlos Menem sometió a la justicia argentina. Con la destitución de Julio Nazareno y Eduardo Moliné O`Connor y la renuncia de Guillermo López, el mayor tribunal del país, hoy presidido por Enrique Petracchi y con la incorporación de Eugenio Zaffaroni, exhibe una respetabilidad impensada hace seis meses. Las dos incorporaciones que se plasmarán en el primer semestre de 2004 vigorizarán y prestigiarán aun más a la cabeza de uno de los tres deteriorados poderes democráticos.
Kirchner adopto una fuerte impronta diferenciadora en materia de derechos humanos. Su primer semestre se parece mucho a los primeros tiempos del gobierno de Raúl Alfonsín. Aunque a veces haya ingresado en el terreno de la sobreactuación, legitimando de manera infantil a expresiones claramente antidemocráticas, consiguió inyectar rasgos propios inocultables a su gestión, que lo ayudan a construir perfil propio, luego de una larga secuencia de gobiernos que habían dado por enterrada la saga de los años de plomo.
Hay, en este sentido, una clara recomposición, marcada incluso por presencias personales que revelan que los años Setenta se han ido integrando de manera capilar a la era actual, con una evidente intención compensatoria.
Kirchner y muchos de sus ministros admiran a las juventudes revolucionarias de hace 30 años y lo hacen sin mayor discriminación, como si tuviesen una difusa sensación de deuda y gratitud.
En la política de derechos humanos, el Gobierno ha actuado con notable vigor en lo relacionado a la causa por el ataque a la AMIA de 1994, pero también en este caso una mezcla de excesivo entusiasmo, una pizca fuerte de ingenuidad y voluntarismo principista lo sumergió en complicaciones indebidas con sectores de la propia comunidad judía.
Roberto Lavagna marcha hacia su segundo cumpleaños como ministro de Economía, uno de los legados centrales que Eduardo Duhalde le dejó a Kirchner. Se consolida la impresión de que el evidente éxito de la reactivación, que merodea el 8 % en el año que concluye, será, paradójicamente obstáculo principal para un cierre rápido de la negociación con los tenedores de bonos argentinos, cuyos intereses se dejaron de pagar hace dos años.
Afuera se hacen una pregunta oblicua pero razonable: si a la Argentina ya le esta yendo mucho mejor, ¿por qué no empiezan a pagarnos? La respuesta es práctica pero también ideológica. La notable recuperación del país, al menos respecto de los abismos insondables en que se había precipitado, seguirá siendo de una consistencia dudosa hasta que la Argentina retorne de pleno derecho al mercado financiero internacional.
Es una contradicción insondable: para volver hay que pagar, pero si se paga ya lo que se debe, el país pierde volumen para repechar la cuesta de una desconsoladora marginalidad social. Es una pulseada fiera en la cual el regateo se define -en última instancia- mediante la resultante de las fuerzas en disputa, principalmente a través de la regulación de lo adeudado.
En 2004 ese será el nombre del juego: cuántos puntos de quita consiguen arrancarle los acreedores privados y su abogado principal, el FMI, a un país que -efectivamente- dejó en la estacada a demasiada gente como para presumir que todo será sencillo.
El problema económico verdaderamente grueso, empero, es otro: el año entrante deberá demostrar si el curso económico elegido (fuerte impulso a la sustitución de importaciones, apoyo a la demanda vía planes sociales y renaciente crédito bancario) consigue generar empleo en los coeficientes mayúsculos que requiere la Argentina.
Aun con los regocijantes progresos obtenidos, el mapa del desempleo es terrible. No es que lo ignore alguien, tampoco el Gobierno, pero el problema es que en 2004 se determinará, sobre todo a partir del segundo semestre, el grado de vitalidad y futuro que tiene el paradigma en curso.
Todo el mundo se felicita porque no habrá elecciones en los próximos 18 meses. A Kirchner no le fue mal en los comicios de este último trimestre, pero tampoco le fue genial. Ubicó a Carlos Rovira en Misiones, se sorprendió gratamente con Mario das Neves en Chubut, tuvo que digerir a Gildo Insfrán en Formosa y a Eduardo
Fellner en Jujuy, hubo de aceptar a Jorge Busti en Entre Ríos, a Carlos Verna en La Pampa, a José Alperovich en Tucumán y a José Luis Gioja en San Juan. Se complació con Jorge Obeid en Santa Fe.
Ni hablar de Sergio Acevedo en Santa Cruz. Córdoba juega siempre su propio juego y José Manuel de la Sota preserva un vínculo expectante pero cordial con el Presidente. Santiago del Estero, Salta, La Rioja y San Luis forman parte de territorios relativamente políticos insondables para los estrategas de la Casa Rosada.
La provincia de Buenos Aires y la Capital Federal son, en cambio, capítulo aparte, en su calidad de geografía política metropolitana en donde temas e intereses locales se empapan irremediablemente de las preocupaciones y cuestiones de la órbita federal. Los jefes políticos de ambos gobiernos, Felipe Solá y -sobre todo- Aníbal Ibarra, revalidaron bien sus situaciones en 2003, pero en ambos casos las relaciones con el Presidente, y la del gobernador bonaerense con Duhalde seguirán matizando encuentros y desencuentros no siempre cordiales.
La atribulada Unión Cívica Radical ingresa a 2004 con la revalidación de Angel Rozas como su jefe nacional y las gobernaciones de seis distritos provinciales (Chaco, Catamarca, Corrientes, Mendoza, Río Negro y Tierra del Fuego), además de contar con presencia en el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Su situación es hoy bien precaria, pero parece haber dejado de caer y tiene la posibilidad de posicionarse como herramienta política adecuada para las operaciones de recambio parcial que la Argentina deberá procesar en 2005.
Los desempeños finalmente desilusionantes de los emergentes post-radicales de este año (López Murphy y Carrió) apuntan en ese sentido.
La aparentemente lubricada vinculación del presidente argentino con el brasileño Lula y el papel de Duhalde en el Mercosur son promisorios, aunque corresponde guardar expectativas módicas.
Con casi toda certeza, en 2004 llegará la izquierda al gobierno el Uruguay y el futuro presidente Tabaré Vázquez ya ha sido claramente elegido por Kirchner para tener una relación preferencial, lo que abriría una experiencia inédita de paralelismo político-ideológico rioplatense.
Kirchner también se ha diferenciado mucho en este ámbito, donde el esmerado papel de Rafael Bielsa exhibe contrastes poderosos con la penosa gestión del canciller duhaldista, Carlos Ruckauf.
La relación con los piqueteros, encarrilada pese a todo al cabo del año y con la cual el Gobierno se muestra satisfecho, solo podrá generar una síntesis superadora con la integración de dos variables: deberá ejorar sensiblemente el panorama del empleo y deberá evolucionar de manera igualmente rotunda el nivel de
integración cívica de los núcleos más beligerantes, que deberán ser impulsados a incorporar ciudadanía democrática en reemplazo del manifestacionismo tumultuoso, que tenderá a ser cada vez más obsoleto.
El episodio de las coimas en el Senado se irá desdibujando. No es elegante ni decoroso usar los propios recorridos para la presunción petulante. Pero el lector consecuente tiene derecho a que se le recuerden estas palabras, escritas para esta agencia hace 12 meses por quien firma esta columna: ¨la tersura de este
fin de año 2002 no consigue ocultar que la Argentina padece una brutal crisis de legitimidad política apenas encubierta por un vacío que hoy se ha tornado benévolo, pero cuya gravedad profunda es inexorable¨.
También se dijo aquí que ¨la reflexión importante es
preguntarse por el grado de legalidad que la Argentina, comenzando por sus grupos económicos hegemónicos, está dispuesta a aceptar para gestionar su vida política, más allá de las crisis puntuales y de las emergencias descomunales en las que suele revolcarse¨.
Hoy estamos ante una realidad diferente aunque alumbrada con dolor por los años Noventa. Los argentinos, siempre adictos al amargo sabor de la derrota auto pronosticada, paladeamos a estas horas la posibilidad de un desenlace diferente.
Hace 12 meses, esta columna había dicho que ¨2002 ha sido un año penoso, inolvidablemente truculento¨.
Ahora, en cambio, corresponde decir que 2003 ha sido un año promisorio, inolvidablemente esperanzador. ¿Tener fe es pecado? ¡Feliz 2004 y hasta febrero próximo!
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