Mientras empujaba sobre el andén un carro de hierro cuyas manijas se alzaban sobre su cabeza, la mujer se secó el rostro e intercambió un saludo con el guarda del tren. Junto a ella, un chico de no más de ocho años recibía los diarios que le entregaban los pasajeros que descendían en la estación, y los acumulaba para engrosar la carga.
Cartoneros anónimos que se lanzan a toda hora a recorrer las calles para rescatar de la basura algo de cartón, papel, latas o cualquier elemento magramente comercializable, se han multiplicado en silencio, convertidos definitivamente en un típico complemento urbano que poco interesa al mundo de las grandes cifras.
Aunque los titulares hablan sobre la baja inflación y récords en reactivaciones y superávits, otras estadísticas indican que el aumento de la marginalidad avanza en proporciones preocupantes y lastimosas.
Según un estudio de la consultora Equis, el aumento del 3,7% experimentado por el precio de la canasta básica de alimentos en el último trimestre de 2003 habría empujado a la categoría de indigentes a 481.000 personas.
Para conseguir los alimentos mínimos necesarios para una dieta medianamente balanceada, una familia con dos hijos debe reunir $326,80 mensuales, el equivalente a 2,18 veces el monto del subsidio que reciben 1.900.000 jefas y jefes de hogares desposeídos.
En este contexto, los montos que se desembolsaron en enero para alquilar viviendas en algunos balnearios muestran la conversión argentina, a paso firme, en una sociedad de castas, capaz de desembolsar ocho, diez, doce mil pesos por un tres ambientes, en sitios como Pinmar, Cariló o Mar del Plata.
Desde otro ámbito, pero también para aumentar la cuota de optimismo artificial, nos enteramos que debemos celebrar que el Fondo Monetario Internacional (FMI) haya aprobado, después de un sin fin de contramarchas y tiranteces, el cumplimiento del primer tramo del acuerdo firmado con el Gobierno en septiembre último.
Los remilgos del FMI en dar su conformidad resultaban ya insostenibles, pues los objetivos comprometidos por la Argentina habían sido alcanzados con creces. A pesar de los bombos y serpentinas, nadie se debería confundir creyendo que el sobrepaso de este primer examen augura un panorama tranquilo para las negociaciones futuras.
Introduciendo un nuevo ingrediente a las discusiones, la consejera de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, Condolezza Rice, una interlocutora extraña en cuestiones económicas, advirtió que en el proceso de reestructuración de la deuda, la Argentina tendrá que tomar ¨decisiones y pasos difíciles¨.
Con otro tono, los reclamos se repitieron en la ciudad mexicana de Monterrey.
Allí, Horst Köhler, director del FMI, le pidió al presidente Néstor Kirchner que fuera ¨más amigable¨ con los acreedores. Mientras tanto, el Gobierno mantiene su hermetismo sobre si mantendrá la pauta del 3% del Producto Bruto Interno (PBI) como superávit primario, cuando se negocien las condiciones para los próximos dos años.
Más allá de la cháchara y silencios oficiales, y dadas las incumbencias del cargo de Rice, a quien poco preocupan situaciones como la de los cartoneros locales, esta vez habrá que comenzar a acostumbrarse a soportar presiones para que la renegociación de la deuda camine junto con la discusión de aspectos vinculados a la seguridad hemisférica, que el gobierno norteamericano desea aplicar en la región.
Todo en un mismo combo y por el mismo precio.
Héctor Mario Amor
Agencia MP



