Cuando una persona decide tomar la vida a grandes bocados, recorrerla hasta sus límites profundos, exaltarla a cada paso, está dispuesto a pagar el precio sin que importe cuál sea.
Así tendrá enormes aciertos donde pondrá de relevancia sus mejores rasgos y recibirá aplausos.
Así cometerá enormes errores en los que podrán verse sin piedad las falencias que todos llevamos dentro y recibirá golpes.
Nelson Paladino eligió esa ruta de personaje absoluto.
Organizó ciclos culturales inigualables junto a su compinche Roberto ¨Quiquí¨ De Paoli en el antiguo Club Villa Dálmine; fundó bibliotecas; cantó con voz singular y grabó un long play donde los arreglos eran nada menos que de Virgilio Expósito; recitó como pocos y cultivó la amistad sin cuestionamientos en cualquier lado que fuera: Francisco Vázquez, Gotardo Croce, Alides Cruz, el ya mencionado De Paoli, compartieron su mesa, sus anécdotas, su alegría de estar vivo.
También recorrió los barrios oscuros de la realidad y conoció sinsabores con su manera de entender la política, las ideologías, los cargos públicos (llegó a ejercer la Intendencia Municipal en tiempos nefastos para nuestro país y fue Defensor de la Seguridad hasta hace poco).
Gustó de lujos y placeres como describe la tanguería; bebió de lo mejor y lo más modesto; comió manjares y humildes bocados; supo de lealtades y traiciones.
Peleó contra el cáncer y lo venció muchas veces durante añazos.
Amó el tango, el jazz, a su esposa Tona, a sus hijas, a sus nietos, a las mujeres que ponen sal y pimienta sobre la Tierra.
Polémico, extremo, generoso, reconoció siempre sus errores frente a quienes para él eran fundamentales: sus amigos, su familia.
Nelson Paladino dejó la función ayer, 28 de enero del 2004.
Durante su vida consiguió lo que se propuso, cosechó lo sembrado, disfrutó premios y cumplió condenas.
Campana y Zárate pierden un pedazo más de aquella geografía que va desdibujándose como humo de historia contada.
Osvaldo Croce



