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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 07/mar/2004 de La Auténtica Defensa.

Noticia para llorar
Por Dario Martin




 

Quería hablar de Venezuela, Haití y EE.UU. Quería contar los asuntos que atañan a este gobierno. Quería hablar de Brasil, Uruguay y Colombia o llegar a criticar sobre Zárate y Campana, pero no. No hoy, ni mañana. Hoy me siento de lágrimas. No por tristeza, no por tenues amarguras que siembra la vida. Lloro de alegría y le lloro a la vida.

Salimos de apuro. Que digo, salimos volando ese domingo a la noche y la pesadilla de ser autonautas de Cortázar rondaba las luces traseras de los vehículos.

Mirándote te comento -La tercera es la vencida- y vos me mirabas y sonreías paciente, serena. Hacías algunos chistes, hacías pasar el tiempo, mientras nos dejamos llevar por la autovía. La misma que el jueves nos castigaba con gusto amargo, pero que hoy nos daba revancha, la justa revancha.

Machacaba dentro de la radio el informe de Venezuela, los 300 mil golpistas en las calles, la Argentina que no queremos y nuevamente Haití y el panorama que narraba y que pronto estallaba. El mundo era una caldera y nosotros seguíamos hacia la clínica. Pero mis ganas de escribir sobre el tema, sobre la realidad mundial y otras yerbas, no salía a piel. Solo me concentraba en el camino. Y yo te miro, no puedo escribir otra cosa.

El último cigarrillo, aprobaste la jugada con un leve movimiento, un beso y nos encontramos abajo, pronto, en la guardia. Así te deje. Esperanzado y fumando, hablando sólo con el ruido de la gran ciudad. A poco de llegar a tu encuentro, leo sobre la mesa del guarda coche a Frei Betto y la entrevista a Fidel Castro sobre la religión. Sin querer bastó decir: ¨Buen libro¨ y el discurso del leyente me condujo a la situación actual. Suficiente para terminar el cigarrillo y correr hasta la guardia. Paso revista de mi presencia en portería y te encuentro justo para acompañarte.

Nuevamente sobre la tele el tema que no quiero, que no me importa por hoy. Venezuela manifiesta, mi queja a la CNN y Haití de pobres a rebeldes y los marines por donde mires. Nuevamente anotar en cualquier papel para luego saber los temas actuales. Pero no quería narrar esta barbarie. No era el momento, no aún.

Esa noche fue larga, dimos vueltas y mirábamos la tele sin ganas. Aún es temprano y miras el reloj, tres menos tres de la mañana y nada, solo esperar. Especulábamos sobre Neuquen, el operativo, las horas de viaje y el regreso. Seis a Siete horas de camino y apenas cinco largas horas habían transcurrido.

Pero vos tranquila, sin usar oxígeno. Hablando en voz de orden para quienes estábamos dormitando sobre el piso de la habitación o como tu hermana sobre la cama vecina, solo esperando.

De pronto la enfermera y la metida de pata nos alumbra. ¨Que suerte negrita, hoy por fin se te da¨, arremete dentro de la habitación y nuestras caras toman color. Seis menos veinte y la camilla y el despliegue de los enfermeros para que subas, tomes pastillas y saludes. Te di el último beso del día y de la vieja vida. Bajé y me dejé llevar por una alícuota de humo sobre la calle Belgrano, doné mi vista a los tacheros, a los cartoneros y a toda esa gente que sale de vaya uno.

Si nos ponemos estricto con las agujas del reloj, el tirano tiempo nos gana. Nadie puede ordenarle nada, él sabe cuando pasar. Pero el sol asomaba y la cuidad en día lunes dejaba ver el movimiento. Varios escuadrones de motorizados policías rodeaban el congreso, sobre la avenida Entre Ríos y vos, tan ajena a eso y yo tan cercano, que comencé a pulir nuevamente la lapicera. Anoté cada detalle, cada cambio de guardia y cada persona que aparecía con banderitas. Pero no quería escribir de eso, no hoy, ni mañana.

Nueva hora y van diez, cuando nos llaman, nos dan el parte y nos apretujamos inconforme. De anuncio, ninguno, solo esperar. Cansados y sin dormir, atendiendo cada llamado de los que te queremos, logramos encontrar el hueco que nos llevó hacia terapia y nos permitió verte. Confirmar la tarea profesional de los médicos y ver como cambiabas.

Drogada aún, por fármacos y llena de cables que controlan todas esas pequeñas cosas que no conocemos, pero que sirven, habrías los ojos. Extendías la mano, nos veías y cerrabas nuevamente, pues no podías.

Salgo del cuarto y con lágrimas en los ojos abrazo a tu hermano. Bajo, salgo a la puerta y la multitud de la tarde no estaba. Lloro, y no dejo de llorar. Prendo ese enésimo cigarrillo y con placer me ofrezco al sacrificio y te bendigo con mis lagrimas. Toda la noche, el parte médico y llegar a casa, verte en el cuadro de la cómoda y llorar. No por lo malo, todo lo contrario, por lo bueno, por tu fuerza y por querer vivir.

Más tarde recordé el papelito, mientras escribía las primeras líneas. No fueron 360 mil personas apoyando a nuestro presidente, solo 50 mil y pasando lista desde los colectivo. Lanús y La Matanza, D`Elias y su pequeño grupo. Chávez y su triunfante revolución soportó otro golpe de estado y los norteamericanos buscando a sus marines para desembarcar en Haití.

Pero no quiero escribir esto. Sólo quiero contar el porqué de llorar. Un número más dentro de las estadísticas del INCUCAI, pero no cualquiera, Nancy González y su nueva vida. Con transplantes y donantes, como nos tiene acostumbrados.

dariomartinamaru@yahoo.com

El autor es miembro del Centro de Estudios Literarios y Periodísticos, del taller escuela Mariano Moreno.


 
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