La palabra karma proviene del sánscrito y significa retorno de lo incorrecto que realizamos en el pasado, que nos visita buscando reparación.
Algunos especulan con el verbo pagar, pero la vida no es un banco, así que preferimos un verbo menos mercantilista como reparar cuestiones inconclusas.
El hinduismo, religión politeísta (creen en muchos dioses) nació en India en el 1750 A.C. y tiene 870 millones de adeptos oficiales. El aporte cultural que nos donó a Occidente es enorme. El yoga y sus siete ramas, la meditación, Gandhi, Krishnamurti, la cocina vegetariana y sus leyes y preceptos, cuyo pilar fundamental es la paz, la no violencia o ahimsa. Buda era hinduista, así como Jesús era judío.
Dharma es otra palabra, menos conocida que significa el retorno de lo bueno que hicimos en el pasado.
Cuando se comprende las razones del karma, estabilizamos nuestras vidas y dejamos que la bondad entre a nuestro sistema de creencias. Cuando lo aprendido baja de la cabeza al corazón, nace el dharma.
Desde el punto de vista histórico, sabemos el papel determinante que Alemania y Japón tuvieron en la última Guerra Mundial. Sabemos que el conflicto duró años, que murieron millones de personas y que tanto uno como el otro perdieron el conflicto.
Muchas sanciones justas han recibido de la comunidad internacional, prohibiciones y vigilancia. Ambos se han rearmado como país y hoy son potencias mundiales.
Esta semana Alemania reconoció el genocidio armenio, en el cual murieron aproximadamente un millón y medio de personas en las manos de los turcos. Ochocientos mil fueron expatriadas. Erdogan, el presidente actual de Turquía montó en cólera y retiró su embajador del país. Alemania es el país con mayor cantidad de inmigrantes de las guerras islámicas.
La pregunta del Panóptico de hoy es: ¿Cómo se construye un gran país? ¿Cómo se construye el dharma de una nación?
Dejando que entre la bondad a nuestro sistema de creencias, solidarizándonos con los demás y haciendo girar la rueda a favor del bien común.



