Un dicho gallego ironiza: "vergoña es robar e nao poder carregar". Ante la imagen del ex ministro de planificación de la nación, José López, enterrando dinero robado en un convento de monjas, pensé cuánta sabiduría tiene el humor popular. Mi abuelo Perfecto vino de Galicia y fue colectivero en la década del 40. Un hombre sin instrucción, pero honrado. Le hubiera dolido ver a un López avergonzando a su estirpe gallega.
Desde la época de los Upanishads, libro sagrado de la India, pasando por los budistas, el islam y el cristianismo, el hombre es la síntesis del universo. Nuestros huesos representan la tierra; la sangre, el agua; el corazón, el fuego y el cerebro, el aire. Somos un milagro viviente, hechos a imagen y semejanza divina. Con el tiempo fuimos perdiendo la semejanza divina y, dicen, quedó la imagen. Quizá por eso para muchos, todo es cuestión de mantenerla intacta.
Habría que recuperar la semejanza con lo sagrado, volvernos sabios en la existencia. Como dijo Eládia Blázquez: permanecer y transcurrir no significa honrar la vida.
Hicieron falta cientos de miles de años para que nos pusiéramos en posición vertical y tocáramos los tres planos cósmicos: la tierra con los pies, la atmósfera con el pecho y lo celeste con la cabeza.
Vamos al revés de los demás animales, la mujer expone su embarazo en lugar de guardarlo, la panza va hacia delante, todo el riesgo que eso implica tiene una finalidad: mantenernos erguidos.
Esa loca idea que se nos puso en la cabeza: evolucionar. Ir hacia lo alto, aplastando la columna vertebral en lugar de llevarla cómodamente paralela al piso.
El Panóptico pregunta ¿qué es para ustedes el honor?
Con certeza no es que le falte plata o que su par se haya ido con otro amorío. El honor es la amalgama que nos hace orgullosos de pertenecer a la humanidad.
El honor lo es todo, decían los vikingos. Quizá el episodio de José López nos haga ver, por contraste, lo honrados que somos en nuestras vidas simples.
Cuánta mugre escondía ése lugar en dónde alguna vez, uno quiso estar. O simplemente, agradecer el no pertenecer al grupo de los simios vestidos con trajes de gabardina.



