En algunas escuelas espirituales de Oriente, la información sagrada sólo se obtiene de la mano de un maestro.
Maestro, menuda palabra...
Los pintores lo tienen, los músicos, los filósofos y cuando los entrevistan, hablan de ellos con gratitud y admiración.
Para tener un Maestro no hace falta ser de la misma religión, raza o nacionalidad . Sí hace falta humildad, mezclada con un verdadero interés por aprender cosas que viven en el interior del otro. También es imprescindible admiración y capacidad de asombro intactas, porque el Maestro sorprende y cambia de puerta en el momento menos pensado. En el proceso de aprendizaje, él es la cápsula de la felicidad. Nunca es tarde para verlo, el tiempo pasa volando a su lado, escucharlo es un deleite, aunque haya desacuerdos y algún roce secreto. Hablando claro, él nos cambia la vida. Sintetiza un mundo y contiene todos los paisajes, todos los aromas, todos los acertijos de los enigmas del universo. El amor ya es un pájaro que anida en su mano y los dioses le hablan sin intermediarios.
Puede ser una abuela, un profesor de la escuela o un escritor con quién uno se encuentre a solas, unidos por una luz.
El maestro nos recuerda que somos poseedores de un espíritu que se debilita si no lo alimentamos.
Gracias Gertrudis Lochner por ser mi Maestra de vida. Sin ti hubiera sido otra persona la que me habita.



