Hoy es el turno del Pecado Capital más olvidado en la hora de recordar uno por uno: la avaricia.
Moliére en su obra "El Avaro" lo ha eternizado en la dramaturgia. Esopo en "La Gallina de los Huevos de Oro" lo hizo en la literatura y los griegos, en la figura de Midas, crearon la bellísima historia del rey que transformaba todo lo que tocaba en oro, hasta morirse de hambre.
El propósito de ésta columna es dar un panorama distinto al convencional, una mirada diferente a la que estamos acostumbrados a adoptar. Investigando sobre la avaricia y sus consecuencias, encuentro que hay dos maneras de ejercerla: a través de la miserabilidad y del egocentrismo.
La primera es el clásico "amarrete", que no come el huevo para no tirar la cáscara, duerme en un colchón de dinero y vive sin proporcionarse el menor confort. En cambio, la segunda modalidad es la del avaro emocional, el que sólo piensa en sí y no sabe compartir. Aunque parezca extraño, es el combustible de la sociedad de consumo. No se compromete, ya que desconoce la necesidad del otro. Su verbo preferido es el usar.
Aparentemente no pertenece al radio de acción del avaro, pero si lo estudiamos detenidamente, es el que guarda todo el afecto adentro del placard para después, para el día que se enamore o cuando tenga tiempo para ser feliz. Mientras tanto, su entorno padece frío, hambre y sed de afecto. Amparado en la figura del consumista, disfraza su real condición, viste las mejores marcas y tiene la última tecnología. No vaya a ser que se descubra su verdadero psiquismo...
Para ésta nueva versión del avaro no encontré ningún cuento con moraleja. Quizá sean ustedes, lectores, los que deban proporcionarme uno.



