Hay veces que nos sentimos inferiores a los demás. Nos pasa a todos y el que diga que no , miente. Cuando eso sucede, deberíamos pensar con referencia a qué y a quiénes lo hacemos. Compararnos nunca fue la mejor solución, pero la modalidad que nos inculcaron desde chicos de cotejo, prueba error, premios y castigos, ensalzan la razón por sobre las demás inteligencias. Si a eso le sumamos la sociedad de consumo y el culto a lo ajeno, tenemos un combo más indigesto que cualquier fast food.
El césped del vecino suele ser más verde que el de uno y por más que nos esmeremos, estará mejor cortado. No obstante ¿ es tan importante que el césped esté perfecto? La idea de perfección se acerca a la de muerte. Quizá nos venga bien ser menos perfectos y disfrutar más del aquí y del ahora.
Forma parte del capitalismo perverso remarcar lo que no tenemos , en lugar de lo que sí poseemos. La carencia permanente, ése vacío crónico, debe ser llenado con objetos, servicios y viajes que, en muchos casos, no hacen más que alimentar la rueda de frustraciones y superficialidad.
¿A quién mostramos nuestros trofeos? Cuando la respuesta es la mirada ajena, debemos replantear nuestros valores. Quizá la superficialidad nos esté poniendo frente a una galería de espejos deformes, como la de los parques de diversión.



