Nos sentíamos primos hermanos de vacaciones en la casa de los abuelos. Los latinoamericanos íbamos más a Miami que a Córdoba o Mar del Plata. Invertíamos en propiedades según las delicias del mercado inmobiliario norteamericano, consumíamos sus productos culturales como los niños en los kioscos de la esquina. Cargábamos bolsas con sus zapatos, mallas y camperas. Sus liquidaciones nos han desvelaban ¿ Para qué vas a comprar acá si allá todo cuesta cuatro veces menos? Hemos escuchado ésa frase por las calles, en los cafés, por teléfono y en vivo. Hablábamos inglés como segundo idioma. Para qué el portugués o el italiano, que no sirven para nada? Nuestros hijos ya no soñaban con Europa, sino con Estados Unidos.
Los norteamericanos salieron de la enorme crisis que los acosó con la ayuda de los hispanos, los mismos que el futuro presidente prometió destituir de sus conquistas, por descaracterizar la cultura anglo sajona de los fundadores de la patria. Ninguna minoría estará a salvo a partir de hoy. Pero, cuál es el aspecto positivo de éste shock electoral? Empezar a mirar con más cariño lo propio, lo nuestro, dejando de mirar al primo del norte como Shambalá, Shangrilá, el Edén... Y eso no siempre fue así. Éramos más orgullosos de pertenecer al sur lejano. Y para corroborar lo que digo, voy a contar una historia que si bien tiene un personaje familiar, pertenece a todos y muy pocos la saben.
Mi hermana Patrizia fue Miss Argentina año 1972. La eligieron por unanimidad y la coronó Mirtha Legrand, entre lágrimas de alegría. La final de Miss Universo fue en Japón y Argentina tenía grandes chances. Mi hermana estaba deslumbrada con la organización y la cultura nipona, hasta que vio que a la joven estadounidense la hacían desfilar con una faja que decía Miss América. La morocha argentina montó en cólera y se negó a continuar en el certamen. Junto a Miss Colombia, Chile y Venezuela armaron un motín. No se presentarían hasta que los organizadores corrigieran el error. América somos todas las representantes del del continente, argumentaron. Los japoneses, atónitos, rápidamente improvisaron a la yankee una faja nueva. Mi hermana, la líder revolucionaria, salió tercera, aunque era la gran preferida.Probablemente haya perdido por mal comportamiento, pero a partir de ése momento los organizadores del concurso nunca más colgaron a las estadounidenses el certificado de posesión de todas nuestros sueños.



