Se acercan las Navidades y empieza el síndrome del fin del mundo. Nos desesperamos por tratar de hacer todo lo que no hicimos en doce meses, gastamos lo que no tenemos, nos atiborramos de compromisos, uno tras otro, con el amigo invisible, el visible y el imaginario. Ponemos fin a los ciclos insostenibles o renovamos contrato, nos comemos todo, volvemos al pago, cerramos el balance y levantamos la cabeza. Brindamos, compartimos y celebramos. Viajamos o trabajamos a media máquina...lo que a cada uno le quepa.
Es tiempo de regalos, sean adornos, utilitarios, de alta gama o de bajo costo. No importa, lo fundamental adorar al dios dinero y a ningún Dios verdadero, en cualquiera de sus manifestaciones. Si la tarjeta revienta, quién me quita lo bailado! Si vuelven los cheques, tendré una raqueta a mano. Todo para sacarle la foto al arbolito de navidad chino, comer nueces , pavo y vestirme como un escandinavo con cuarenta grados de calor a la sombra para la alegría de los pocos niños crédulos que habitan el planeta. Olvidamos por un instante, entre sidra y champagne, que el sinónimo de regalo es presente, el hoy y el ahora, la única verdad que poseemos.



