Hay muchos tipos de sacralidad. Para los religiosos, son los sitios en dónde peregrinaron sus líderes y principales seguidores, para los saudosistas, son sus lugares de infancia o en dónde nacieron sus antepasados y para el turismo, son los lugares que le rinden más dividendos. Sean sitios amados por los pueblos originarios, por los amantes de la literatura o de la historia , es difícil comprender el concepto moderno de "sagrado".
Para un panóptico, el sitio que se merece llevar semejante epíteto es simplemente, un lugar capaz de cambiarle la vida.
He perdido la cuenta las veces que fui a las Cataratas de Iguazú. Mis amigos ya saben que cuando me falta la energía vital, alegría o debo renovar alianzas con mis convicciones, voy hacia el que considero el paisaje más bello del planeta. Una isla se parece a otra, una montaña, en general, se funde con las del entorno, pero nada se parece al Agua Grande (éso significa Iguazú en guaraní) que comparten Brasil y Argentina.
Cuando debo terminar un libro, pensar una relación o tomar decisiones trascendentes, voy a tirarle agua Bendita a la Garganta del diablo. Vuelvo renovada, acunada y bendecida por la Madre Naturaleza.



