En los últimos días del 2016 les propongo un juego que demorará un año para que sepamos sus resultados. No hay otros participantes sino uno mismo, no hay puntaje, vencedores ni vencidos. Por supuesto, tiene reglas.
El juego consiste en proponerse un ejercicio espiritual a lo largo de los próximos 365 días y reflexionar sobre ello al final de cada día. No es fácil, aunque parezca sencillo.
La regla de oro es no mentirse, la segunda, no cambiar de objetivo hasta que empiece el próximo año y la tercera, hacer el examen de conciencia en algún momento de la jornada.
A los ansiosos, les aconsejo bajar las expectativas que ponen sobre los demás.
A los intelectuales, no tratar de entender todo a través de la razón.
A los excesivos, trabajar sus adicciones emocionales.
A los omnipotentes, delegar.
A los inconstantes, perseverar.
A los emotivos, trabajar la comedia en lugar de la tragedia.
A los solidarios, participar más y mejor de sus comunidades.
A los soñadores, concretar.
A los materialistas, a ser felices con lo simple.
No hay meta que no se pueda lograr con una observación diaria. No hay límites para el crecimiento personal.
El único ganador será uno mismo y, por añadidura, el entorno se verá sensiblemente beneficiado. Conócete a ti mismo, decía el pórtico del Oráculo de Delfos. Por eso lo denominé el Delsafío, delicioso juego en el que nada se pierde y todo se transforma.



