No sólo hay que ayudar a vivir, también hay que ser valiente para ayudar a morir. La finitud de la vida no es ninguna novedad, sin embargo la resistencia para aceptar que llegamos al último capítulo de la existencia es abrumadora. En más de una oportunidad asisto escenas cotidianas en dónde el qué bien se te ve y el qué linda que estás tratan de tapar la verdad, que cae por su propio peso. Es el momento en el que hay que dejar que hable el Ángel del Silencio, aquél que dice más que mil palabras.
Ayudar a morir no sólo es acompañar en los hospitales, armar una red de contención familiar o colaborar económicamente, cosas que también, por cierto, son necesarias. Consiste en compartir la atmósfera del otro, tomarlo de la mano para que atraviese el umbral con sus miedos a cuestas, repasar los recuerdos y los buenos momentos del pasado, hacer lo posible para que no se vaya con rencores, enemistades, atenuar la discordia familiar, pero sobretodo, no dejarlo solo. Para éso tenemos que comprometernos con hacer cada día mejor nuestro trabajo acá en el Planeta Azul. Claro está que es más fácil negar la realidad y dejar que las cosas sucedan por arte de magia. Pero de una vez por todas tenemos que desafiar la Ley de Simulación, la inefable ley del no me importa. Dejemos la magia para los ilusionistas que animan las fiestas de los chicos y hagamos una red humana más fuerte que las telarañas de Spiderman y la de los bosques de Harry Potter.
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



