N Juan; una persona real, un servidor público afable y responsable, recuerdo "al cartero", la persona desconocida más cercana a la realización de nuestras esperanzas. No existe personaje más bienvenido a mi hogar por las connotaciones que tienen con mis experiencias.
Cuando dejaba la niñez comencé a recibir y enviar correspondencia. De alguna manera estaba abriendo el corazón para dar y recibir amistad (aun con mis primos y primas, así conocí a Isabella, las cartas consolidaron nuestra maravillosa amistad y siempre fue un cartero el nexo) y cuando llamaba el cartero a mi puerta era una ‘oleada’ de optimismo que me invadía al tener una carta en mis manos. Así, aseguro, que realmente comenzaba ‘mi día’, no importa la hora.
Tal vez el aspecto del cartero no sea lo primordial sino que su tarea lo llevaba a mi vida con un bagaje de afecto y buenas noticias o temas intrascendentes, no obstante ello significaba que no estaba sola (como me sentí durante tanto tiempo), alguien pensaba en mí y allí estaba el testimonio. Hubo un período en que recibía mucha correspondencia por día ¡y las contestaba por supuesto!. Solía decir una tía que ‘me apasionaba escribir cartas’, era (y sigue siendo así) una característica mía adherida a un ‘egoísmo’ (natural, podríamos aclarar) marcado porque luego venían las respuestas tan ansiadas.
Mientras vivía en Zárate creo haber tenido dos carteros titulares (si hubo suplentes u otros no los recuerdo y fueron ocho años que residí allí) y al primero le dediqué unas líneas en un trabajo periodístico en que tenía que hablar de una persona real de la vida diaria. No sabía nada de él pero lo describí quizás con idealismo por lo que representaba su trabajo.
El otro me resulta inolvidable pues tras las vueltas de la vida nos encontramos en circunstancias muy especiales. Seguimos tratándonos ya que nos unen una fe y una esperanza inigualables. Al volver a vernos solía decirme con una sonrisa pícara, lo que pensaba posterior a ordenar las cartas en su bolso y apreciar que mi correspondencia era voluminosa casi todos los días (fue exactamente en el período en que yo conducía el club de fans del ‘rey de la nueva ola’); que no entendía la magnitud de mis esfuerzos y sentimientos por un ídolo al cual nunca desmereció más sus dudas albergaba que respondiera en concordancia con una porción de la pasión que nos desbordaba a sus fanáticas apoyadoras... él sabía mucho sobre el tema y ni aun encontrándonos ‘en la vereda opuesta’ osó ofenderme con un comentario negativo pero yo había madurado y reconocía la frivolidad e inútiles de mis actos pasados y puse en su boca los comentarios que brotaron naturalmente, comentarios que no censuraban al ser humano sino a las quimeras que despertaba sin un basamento sólido (sobre el tema me explayé bastante en el capítulo ¨Ídolos con pies de barro").
Concluyó ese período como se seca la hierba verde de verano y no quedaron más que recuerdos de aquella exigente vivencia y en cambio la vida que surgía era, con sus logros e incertidumbre, la verdad que se revelaba libre y sencillamente. Cuando veo u oigo a Ángel el cartero, entiendo mejor que nunca que existen personas aparentemente ‘transparentes’ porque pasan cosas y solo prestamos atención a su mochila (en el caso del cartero) o sus manos pero tienen apremios, viven y luchan a la par nuestra... y son portadores de lo que se constituye en nuestra necesidad.
Antes de fallecer papá Juan era nuestro cartero; no conocía su vida sino su sonrisa, su juventud elogiosa, su continuo andar por las calles de la ciudad (por la mañana como cartero y por las tardes como cobrador). No traía demasiada correspondencia pero venía lo suficientemente seguido para llegar a apreciarnos mutuamente en esa simple relación. Papá falleció, nos pasaron muchas cosas, nuestros amigos nos estimulaban con cartas o tarjetas y Juan nunca hacía preguntas. Yo mencioné en un capítulo anterior que al fallecer papá se cortó su haber jubilatorio durante dos años; al cabo de dos años casi exactos salió la pensión que nos correspondía y se envió una carta anunciando la buena noticia. Ese día Juan tocó el timbre exultante de alegría ajena, entregó la carta (estaba cerrada, nunca le pregunté cómo supo que las cosas empezaban a ir mejor para nosotras, por lo menos económicamente) y dijo "¡buenas noticias al fin!".
Pasaron muchos años y como Campana es ‘pueblo chico’ también ‘infierno grande’ y nuestras vidas son públicas lo deseemos o no. Supimos que Juan era provinciano, trabajó incansablemente y formó su familia y cada tanto lo extrañábamos (como ahora) porque el correo le asigna distintos recorridos cada tanto. Un día mi terapista física circunstancial, Sonia, me hablaba de su familia y claro de su esposo ¿quién era? Juan.
Juan trajo mucha y variada correspondencia, cerrada, no conocía su contenido pero sabía que su llamado despertaba sensaciones; lo suplieron otros jóvenes y no tanto pero a nuestros ojos todos son ‘Juan’. Apreciamos su trabajo incansable, concienzudo y meticuloso en toda estación del año y a medida que los acontecimientos van recrudeciendo, ellos también están siendo zarandeados en la vorágine de las dificultades y la lucha dispar pero su trabajo los lleva ante rostros más ansiosos o necesitados que ellos y cuando entregan una buena noticia ¡comparten alegría!.
El cartero es ‘portador de paz’... lo espero todos los días... quizás la mía es una obsesión pero unas breves líneas son suficientes para hacer grandes cambios ¡gracias señor cartero, amigo desconocido y servicial!.



