Siento una gran atracción por los laberintos. Creo que es una bella metáfora de la vida, nos zambulle en el misterio, en la búsqueda de soluciones, en lo desconocido. Muchas veces nos sentimos atrapados por circunstancias que nos vuelven a presentar la misma pared infranqueable delante, como si camináramos en círculos, sin salida y , de pronto, con un mínimo giro de cabeza o un movimiento circunstancial...zas, la puerta! Una relación, un desafío laboral, la propia historia familiar pueden ser espirales laberínticas. Ya se encontraban en Egipto , Babilonia, Nazca, Arizona, Gran Bretaña, India, Francia y Grecia, quizá inspirados en la forma de las vísceras de los animales, que se leían para echar suertes.
Salir de un laberinto requiere inteligencia, autoconfianza y conexión con lo superior. Tal es así que Dédalo, el constructor del laberinto que albergó al Minotauro en la isla de Creta, lo hizo sin techo. La criatura con cuerpo humano y enorme cabeza de toro no podía mirar al cielo sin tumbarse hacia atrás . Por ésa razón estaba destinado a morir allí, atrapado entre sus muros. Será por eso que en la catedral de Chartres, en Francia, hay una famosa espiral en el piso que se recorre como camino iniciático, que data del 1220, en dónde están encriptados once caminos recovecados que llevan al centro . Recordemos que desde la geometría sagrada de todos los tiempos, el centro representa la divinidad. En suma, para salir de los laberintos que nos depara la vida hay que reconocer nuestras limitaciones, mantener la calma, agudizar el ingenio y pedir ayuda divina. Ah, antes que me olvide...después de tantas emociones enfrentadas, se recomienda un poco de gratitud tras haber alcanzado la salida.



