Sé que muchos dudarán que existen. Otros dirán que soy una romántica empedernida, que creo en los pajaritos de colores y que pueden convencerme que las vacas vuelan. No es así. Si bien es cierto que soy proclive a buscar las soluciones desde la fe , considero que no todo puede girar entorno de lo inexplicable. Cada día me inclino más a no tratar de entenderlo todo desde la razón. Y para éso quiero contar historias que sucedieron a mi alrededor y que fueron forjando éste modo de pensar. Porque uno está hecho de vidas ajenas que se van enlazando con la propia, armando un gran tejido, que dicen los sabios, alcanza la humanidad entera. Ésta es la historia de Graciela y su hijo Martín.
La tarde era limpia y la ruta tranquila camino a Posadas, provincia de Misiones. Graciela acompañaba a su marido que manejaba, en el banco de atrás estaba Martín, de ocho años, acomodando sus revistas. De pronto, un camión que parecía parado avanzó inesperadamente por el costado derecho y se produjo un choque terrible. Martín se estrelló contra el vidrio. No llevaba el cinturón puesto. Su esposo y el chofer del camión quedaron inconcientes. No era tiempo de celulares. Con prisa Graciela tomó al niño en brazos y caminó en ésa ruta secundaria, perdida en la nada, hasta que un hombre se le acercó y le ofreció ayuda cargando a Martín. Caminaron mucho tiempo hasta que encontraron rancho cercano y al tocar la puerta, Graciela se desmayó. Ya en el hospital de Posadas mi amiga supo que tenía dos costillas rotas. Según la dueña de casa que les dió refugio , jamás hubo un hombre acompañándolos. Después de una internación de más de un mes y de varias cirujías, Martín pudo salvarse.
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



