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» Este artículo corresponde a la Edición del viernes, 05/may/2017 de La Auténtica Defensa.

El Panóptico:
Sol y danza
Por Fabiana Daversa




Japón es un país lleno de misterio al que sólo conozco a través de sus historias, fotos y comida deliciosa. Probablemente nunca vaya a visitar a mis hermanos japoneses, a quiénes tanto admiro por su capacidad de regenerarse de las catástrofes, por el shinto, su religión natural, sin imágenes ni templos erigidos por el hombre y el respeto profundo por sus ancestros. Alguna de mis vidas estuve allí. Me deslumbran los cerezos en flor. Salgo del aletargamiento cuando leo un haiku (poema brevísimo) y me encantan sus canciones épicas, las kagura. Estoy convencida que lo más bello de Japón no son sus volcanes, ni la gastronomía, sino su gente y la producción cultural de milenios. Entre ellas, por supuesto, están sus leyendas. Mi preferida es la de Amaterasu.

La diosa del cielo diurno compartía con su hermano Tsuki-yomi, dios del cielo nocturno, la alternancia del día y de la noche. Pero Susano, dios de la tormenta, se sintió engañado por la distribución que Izanagi, el padre de ellos, había hecho y empezó a hostigarlos con todo tipo de desastres naturales. Fue cuando la diosa, tristisíma, se refugió en una cueva celestial y la tierra se oscureció por completo. Los ochocientos sabios le pidieron de todas las maneras que Amaterasu saliera,pero no hubo caso. También lo hicieron las Hilanderas del Destino, que sin ella no veían la manera de hacer la trama. La situación era desesperante. Fue cuando Uzume, la diosa de la danza, pidió permiso para actuar. Puso un tambor delante de la cueva y les enseñó a los hombres a tocarlo, marcando el compás de los latidos del corazón. Bailó hasta volver el lugar una fiesta. Fue tal el alboroto que la diosa, mujer curiosa, quiso ver qué sucedía. Cuando salió, un espejo reflejó su esplendor y la encegueció por unos segundos, tiempo para que los sabios pusieran sogas mágicas en la entrada de la cueva, para que no regresara al confinamiento. Sin duda fue la sonrisa de Amaterasu la que hizo que todo volviera a brillar en el mundo, no obstante fue Uzume, su aliada, la que nos enseñó que sin el poder de la danza y de la celebración, nada tendría sentido.


Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez

 
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