Fue una noticia poco difundida, pero hace pocos días se conoció un dato que es verdaderamente alarmante: el consumo de gaseosas en Argentina, medido por habitante y por año, es de 131 litros.
Si bien el estudio solo hablaba del consumo de gaseosas, deberíamos incluir el de los jugos procesados que son también parte de la oferta de las mismas empresas, ya que tienen un uso similar al de las gaseosas (e incluso algo más de azúcar), con el agravante de que muchas personas creen estar realizando un consumo natural. De hecho, muchas madres desprevenidas lo ponen en las viandas que sus hijos llevan al colegio con la idea de que están haciendo un aporte positivo en su alimentación.
Si sumamos el consumo de ambas bebidas nos da un total que supera los 200 litros por persona y por año. Claro que es un dato promedio. Hay personas que no toman nada y otras que seguramente su consumo está por encima de ese número. Pero a los fines del análisis que vamos a realizar el dato es lo suficientemente elocuente.
Son 2 los aspectos realmente alarmantes:
1) El gasto económico que representa: si bien es parte de las decisiones individuales, resulta llamativo que aún en hogares cuya canasta alimentaria básica no llega a ser completada por falta de recursos, se destine la suma de $6.250 por año por persona para este ítem que es alimentariamente innecesario. Para una familia tipo, de cuatro integrantes, representa una erogación de $25.000 anuales.
Mirándolo en perspectiva nacional, como sociedad "nos tomamos" 250.000 millones de pesos anuales en gaseosas y jugos. (No lo aclaré antes, pero vale destacarlo: somos el segundo país de mayor consumo de estas bebidas en el mundo, detrás de México).
2) El impacto sanitario: traducido a azúcar, beber todos esos litros de gaseosas significa que cada persona consume por año alrededor de 20 kg. Si a eso le sumamos el consumo de azúcares de otros alimentos (como las golosinas, helados, productos de panadería, e incluso el propio azúcar con el que muchos endulzan bebidas y/o comidas), estamos frente a una cifra astronómica que explica por sí sola la epidemia de obesidad, sobrepeso y diabetes de tipo II que nos azota.
¿Qué pasaría si al costo en dinero correspondiente al consumo se le adiciona el costo en salud que surge de las consecuencias negativas del consumo de azúcares, como las enfermedades que mencioné? Es imposible realizar esta estimación porque no hay estadísticas de salud que permitan cuantificar dichos costos. Pero tan solo la formulación de la pregunta debería dejarnos preocupados. Los sistemas de salud que entran en crisis no siempre es por falta de dinero. La educación alimentaria podría hacer mucho más que cualquier aumento en las partidas presupuestarias.
¿Qué pasa en el mundo?
Muchos países han tomado el asunto muy seriamente, implementando políticas públicas tendientes a corregir estos problemas. Si bien en los países desarrollados el consumo de este tipo de bebidas es realmente bajo porque los consumidores han sido educados y están cada vez más comprometidos con llevar adelante una alimentación que sea un aporte positivo a su calidad de vida, sus gobiernos sancionan normas para regular la producción y la comercialización de estas bebidas. Hay una tendencia generalizada a poner más altos impuestos a quienes elaboran alimentos no saludables y particularmente hay leyes que han sido ejemplificadoras en el campo de las gaseosas.
Este fenómeno, que comenzó en los EE.UU. y varios países de la Unión Europea se va extendiendo. Entre nuestros vecinos, Chile, Perú y el propio México están en proceso de tratamiento de normas similares.
¿Y por casa cómo estamos?
Hay una cuestión general que afecta a todos los países de la región: estas grandes empresas, al perder sus mercados de "alimentos chatarra" en sus países de origen, están direccionando sus políticas de comercialización cada vez más hacia este lugar del mundo. Algo similar a lo acontecido con la industria del tabaco: cuando bajó el consumo en los países desarrollados, la industria buscó empardarlo con un mayor consumo en los países subdesarrollados. Pero también vimos que muchos de nuestros vecinos están avanzando en estas cuestiones regulatorias. Así que se puede.
Esperemos que nuestras autoridades puedan encaminar las políticas alimentarias correctas. Nuestro Modelo de Alimentación Inteligente ha sido puesto a disposición como una herramienta a todos los funcionarios que quieran ponerla en práctica.
Dr. Fernando Valdivia / Email: thefoodplannerarg@gmail.com / Twitter: @thefoodplanner / Facebook.com/foodplanner



