El martes pasado frente a Tribunales de Justicia un grupo de mujeres comenzó a desnudarse, pese al frío y a la mirada desconcertada de los peatones. Era el grupo Fuerza Artística de Choque Comunicativo actuando. Hermosas mujeres, llenas de vida, se amontonaron como si fueran bolsas de plástico en plena temporada en la Bristol, cuerpos desechados de un campo de concentración, latitas de coca tiradas en la salida de un recital multitudinario. Protestaban contra los sesenta casos de violencia contra la mujer que se registran por día en el país. Por la deleznable cifra de un femicidio cada doce horas.
La imagen, en vivo, logró un efecto impactante. Yo caminaba como cualquier hijo de vecino por la zona. Podía haber hecho otro camino, pero ésa voz que suele hacer mi vida más interesante me indicó una calle distinta. Y ahí estaban ellas, las chicas del montón. Casi me transformo en una de ellas, pero preferí hacerle caso a la voz del Ángel una vez más. Él sabe medir las consecuencias de mis actos mucho mejor que la que les habla. Asistí emocionada por la forma y por el contenido de lo que venían a transmitir ésas mujeres.
Antes de verlas, por mi cabeza pasaban los casi treinta puntos de rating del programa de Tinelli de la noche anterior y Samanta, la muñeca de goma con inteligencia artificial que funciona por algoritmos, el nuevo juguete sexual que se vende como pan caliente por la web. Creía que íbamos por mal camino. Pero no. Un amontonado de chicas en bolas, en pleno otoño porteño, clamando por todas nosotras, hizo que entendiera que no todo está perdido.



