También llamada agricultura de interiores (Indoor farming, Vertical farm, Urban farming, City farming), parte del furor por tener el cultivo propio llegó también a las ciudades. Patios, balcones y hasta macetas parecen ser una alternativa en pos de procurarse alimentos frescos. Estas prácticas, como la huerta en casa, no son desconocidas para quienes somos hijos y nietos de inmigrantes. Nuestros padres y abuelos cultivaban verduras en general y casi todos tenían sus árboles frutales y gallinas ponedoras, como mínimo.
Esta sana costumbre se viene recuperando desde hace algunos años de la mano de la búsqueda por llevar una alimentación más saludable y también porque el retorno a la naturaleza se presenta como un proveedor de placer y calidad de vida.
En la mayoría de los países europeos sigue manteniéndose la tradición de tener al menos algunas macetas o pequeños espacios verdes en los que se producen verduras y hortalizas para consumo hogareño. En otros, esta práctica vino de la mano de movimientos "verdes" que la apoyaron e incentivaron. Quien pasee por las calles de cualquier ciudad del Silicon Valley, al sur de San Francisco en California, podrá ver que en la mayoría de las casas se cultivan huertos bajo la modalidad orgánica, incluso en aquellos las partes del terreno que dan a la vereda. Así como nuestras abuelas plantaban calas en algún lugar del fondo de la casa, para tenerlas a mano en sus visitas semanales al cementerio, estas comunidades hiper tecnologizadas de Mountain View, Palo Alto, San Mateo o Sunnyvale, han incorporado el hábito de cultivar sus propios tomates, zapallitos y chauchas, entre otros vegetales. Menciono este ejemplo californiano porque realmente representa un contraste impensado entre desarrollo tecnológico de punta y retorno a las raíces buscando retomar el contacto con la naturaleza.
Bajando en el mapa del continente, podemos apreciar que en el hemisferio sur hay muchas personas que van sumándose a alguna de las tendencias que representan un retorno a la naturaleza. Pero aún sigue siendo una práctica exótica y delimitada a las personas que están interesados en sumarse a alguna de las tendencias "verdes". Desafortunadamente para muchos, el cultivo de una huerta representa un estigma. Lo viven como una experiencia estigmatizante que "blanquea" públicamente una condición social de carencia. Probablemente esto se deba a que por años, muchos programas y políticas públicas promovieron estas prácticas bajo una modalidad "pobrista" o ligada a la idea de la agricultura familiar o de subsistencia. El eterno programa ProHuerta del INTA es la muestra más clara de este fracaso.
Pero lo que describiré como agricultura vertical es una tendencia de producción de tipo industrial, que va más allá de la buena costumbre de tomar contacto personal con la tierra. La movida del urban farming es la tendencia productiva de cultivar vegetales en condiciones intensivas, aunque respetando las pautas que dictan los movimientos orgánicos y de sustentabilidad ambiental.
Quizás en un tiempo podamos verlo en estas latitudes, pero hoy parecen ser experiencias que se están llevando a cabo en ciudades desarrolladas y como alternativa para la producción de alimentos frescos en megaciudades, fundamentalmente en los países más populosos del planeta como los del Este Asiático. Son proyectos que apuntan a la posibilidad de convivir, en un rascacielos, con la producción de vegetales comestibles que crecen usando sistemas hidropónicos como parte de un circuito reutilizable del agua y aprovechando los sistemas de iluminación artificial de leds. Casi como vivir en el campo, sólo que puesto de punta.
Los defensores de estos ensayos aseguran que son sistemas de producción limpios, seguros, sustentables y, por sobre todo, que pueden abastecer con productos frescos la demanda de las grandes ciudades. Los detractores plantean que, a menos que la luz sea parte de un sistema integrado en el que tenga usos múltiples, proveer de energía lumínica sólo a los cultivos implica encarecer los productos y que, para eso, sería conveniente comprarlos en otro lado.
Tan lejos llega la imaginación en esta nueva industria de la agricultura vertical que un profesor de la Universidad de Columbia en los EE.UU. publicó el libro "La Granja Vertical", en el que describe este tipo de sistemas de alta tecnología agropecuaria en módulos de 30 hectáreas, pero en 30 pisos de una hectárea. O sea, un edificio que ocupa una manzana y tiene 30 pisos, y con capacidad de producir una cantidad enorme de alimentos naturales en condiciones de higiene, seguridad y calidad.
Los excelentes rendimientos, la capacidad para establecer sistemas de producción integrados e inteligentes y la cercanía con los puntos de consumo son las principales ventajas de quienes apuestan por el desarrollo de estas tecnologías.
Quizá en pocos años más veamos a los rascacielos todos vestidos de verde.
Dr. Fernando Valdivia / Email: fv@fernandovaldivia.com / Sitio Web: www.fernandovaldivia.com



