Hay felicidá y felicidad. La primera es estridente, necesita ser la estrella de la fiesta y retumba como una melodía espantosa en nuestros oídos.
La felicidad es espontánea, interior y no necesita la estridencia, simplemente irradia una luz tenue.
La felicidá sube y baja, como un ascensor. Dice estar hecha de momentos y repite sus esquemas.
La felicidad ve en los problemas un aprendizaje . No los niega, sino que los enfrenta., resolviéndolos.
La felicidá dice que está todo siempre genial, maravilloso, espectacular. Su alimento es la mirada del otro y aparentar es su mandamiento número uno.
Su hermana rica, la felicidad, sólo encuentra motivación en la mirada interior.
¿Y cuánto al prójimo? En qué se diferencian?
La felicidá sólo cree en la buena onda de los winners (ganadores, en inglés). Quién no profese el culto a lo efímero estará afuera de su circuito. Los demás son loosers (perdedores).
La felicidad ve en el otro un par, tenga el credo o la raza que tenga, posea o no su mismo código. Y no tiene la necesidad de rotular a nadie.
La felicidá compra y compra.
La felicidad, repara.
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



