No es cierto que las tazas rotas traen mala onda. Tampoco que el pullover de lana con pelotitas hay que darlo de baja. La sociedad de consumo hace que creamos cosas que no son, generan vergüenzas y necesidades innecesarias. Hay que hacer circular el dinero y motivar el consumo, dicen los expertos en marketing. Los medidores de ventas suben y bajan de acuerdo con la superficialidad de un pueblo.
En mi infancia, los libros de textos del colegio se reutilizaban. A nadie se le movía un pelo si el libro era usado o nuevo. Heredé sin traumas uniformes , cartuchera, carpetas, más tarde, anillos , colchas y vajilla. El valor de un objeto no se limita a la demanda de mercado, sino a la historia que porta consigo. No es cierto que un inmueble es de mejor calidad porque es nuevo, tampoco que todas las cosas viejas son antigüedades . Cuando pienso si vale la pena atesorar un objeto, recuerdo quién me lo regaló, cuándo lo compré, qué historias puede contarme en silencio. Si se ha agotado nuestra relación, lo dejo ir. Si quedan secretos por compartir, se quedará por tiempo indeterminado.
Algo similar pasó en Japón, hace cientos de años atrás. Un ceramista le regaló a su amor un vaso para que ella pudiera poner las flores de cerezo del jardín de su casa. La joven era de la familia real , él era un simple artesano. Quién sabe por qué, el ceramista apareció muerto en un callejón oscuro, poco tiempo después. Ése mismo día del suceso, el vaso del ajuar nupcial se quebró. La doncella supo leer las señales del destino. Su corazón se había roto para siempre, pero el jarrón podía ser restaurado. Con suma paciencia, amalgamó el barniz con el oro y dispuso pieza por pieza , haciéndolo más bello de lo que había sido en su estado original . Eso propuso hacer con su alma cuando saliera del dolor. Así nació el KINTSUGIROI, el arte de la reparación de los corazones rotos.
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



