Se calzó la canasta al hombro y salió. Otro día de trabajo. La mañana estaba fresca, pero agradable. Caminó por las rotas veredas de siempre y entró a sus negocios de confianza: "Hola, ¿cómo andan? ¿Quieren unos churros bien calentitos para acompañar el mate?" Sin embargo, los minutos pasaban y la canasta seguía llena.
Los días previos fueron un éxito: le bastaron apenas dos horas para vender las crocantes cinco docenas. Pero esta vez no había caso. En el primer negocio le confesaron que no estaban teniendo un buen día y que no les alcanzaba para comprar churros ni nada que le ofrecieran. En el segundo, palabras más, palabras menos, le dijeron lo mismo. Y todo así. Negativa tras negativa. "¿Y ahora que hago? Yo no los voy a comer. Y llevarlos a la panadería, tampoco. No creo que los acepten y menos que me devuelvan el dinero. Los tengo que vender cueste lo que cueste".
Su trabajo era simple: a la mañana temprano iba a la panadería con un puñado de billetes; los ponía arriba del mostrador y a cambio recibía cinco docenas de churros; volvía a su casa, tomaba un café y luego salía con la canasta para intentar vender el producto. Si la docena la pagaba quince, la vendía a dieciocho. Era un buen negocio.
Continuó caminando hasta que el sol se posó encima de su cabeza: las doce en punto y no había vendido ni una unidad. "Se van a endurecer", pensó.
Los pies se le abarrotaron de tanto caminar. No solo entró a los negocios, también tocó timbre en las casas. "No hay plata", le decían todos. El mediodía le dio paso a la tarde. Ya no sabía de qué forma colgarse la canasta para que no le doliera la espalda. Insultó al presidente, al gobernador y al intendente. Estaba desesperado.
Se sentó en la plaza. Miró el reloj. Eran las tres. El sol se escondía detrás de una nube grisácea. Agarró un churro. Lo mordió con bronca y lo masticó violentamente. Luego tomó otro y repitió la misma modalidad. Al rato uno más. Y después otro. La panza le dolía, pero él no paraba. No quería parar. "Me voy a comer las cinco docenas", se dijo. No tenía agua para bajarlos. Se atragantaba. Se llevaba churros a la boca de una manera desenfrenada. Los tragaba. Se ahogaba. Y tosía.
A los pocos minutos de caer al suelo, una multitud se paró a su lado. Intentaron reanimarlo, pero no hubo caso. "Reventó", dijo un viejo al pasar. Y unos perros vagabundos se llevaron las dos docenas que aún quedaban en la canasta.
Augusto Dipaola / Facebook: Augusto Dipaola - "Cuentos oscuros para niños dementes"



