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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 10/sep/2017 de La Auténtica Defensa.

Mitos Alimentarios: "Los OGM" (Parte II)
Por Dr. Fernando Valdivia






Fernando Valdivia

La semana anterior dejamos planteadas las definiciones básicas que conceptualizan el mundo de lo que se conoce como "alimentos genéticamente procesados". Al respecto, trazamos las grandes líneas que explican lo verdaderamente nuevo y disruptivo de las tecnologías basadas en la ingeniería genética, como la transgénesis, para describir un nuevo escenario productivo, hoy restringido a unas pocas aplicaciones, pero con un enorme potencial de intervención especialmente en el campo de la salud.

Causas que verdaderamente importan

Así como vimos que no existe evidencia científica que el consumo de alimentos elaborados sobre la base de organismos cuyos genes hayan sido manipulados, no puede decirse lo mismo respecto del enorme impacto ambiental que el uso descontrolado de alguna de estas invenciones. La más conocida es la de la soja RR (o Roundup Ready), una variedad de soja resistente a un herbicida (el glifosato), que ha modificado nuestro mapa geoecológico en las últimas dos décadas.

Soja y suerte

La soja es un cultivo oleaginoso cuyo principal destino es la producción de granos, harinas y aceite para elaborar alimentos balanceados para animales, y también para consumo humano. La falta de políticas de manejo de la tierra, sumado a las ventajas productivas (y rentabilidad) del cultivo de la soja genéticamente modificada, hizo que en cada centímetro cuadrado en el que las condiciones permitían cultivar soja, se cultivase exclusivamente soja. Millones de hectáreas en un fenómeno que se conoce como "monocultivo" modificaron el paisaje de nuestra pampa y más allá. El debate es sumamente amplio y con muchas aristas que incluyen variables que afectan a la producción agropecuaria, la salud pública, el deterioro de los suelos y cambios en los ecosistemas en general.

El trasfondo es estrictamente económico. Para este tipo de agricultura convencional, sostener la rentabilidad implica, necesariamente, aumentar rindes y bajar costos. Es lo que permitió el combo de esta variedad de soja genéticamente modificada junto con el herbicida mencionado. Por supuesto, el interés por el corto plazo (sin medir las consecuencias al que nos tiene que nos acostumbrado nuestro país), determinó un escenario que hoy puede definirse como verdaderamente catastrófico.

En el afán del lucro inmediato (tanto del sector privado como el de la política, que impone los marcos de regulación) se incorporaron nuevas superficies a partir del desmonte masivo de bosques nativos y el mejoramiento de los suelos para darles destino agrícola, relegándose el resto de las actividades productivas a tierras marginales. Al mismo tiempo, la industria de los agroquímicos aporta el resto, para que cada año los rindes por unidad de superficie sean mayores. Esto se logra con la aplicación de fertilizantes, herbicidas y pesticidas sin los cuales las variedades de estos cultivos serían incapaces de sobrevivir. El alto impacto ambiental de estas prácticas sigue siendo cuestionado por organizaciones en todo el mundo, aunque no han logrado que el fenómeno tenga visos de racionalización, pese a la comprobación del daño ambiental que estas tecnologías implican; un fenómeno que está bien estudiado y que ubica a la industria agroalimentaria en el podio de aquellos que más contribuyen al cambio climático.

La cuestión del desmonte en Argentina es un problema de una dimensión fenomenal. Argentina ostenta el triste récord de tener la tasa más alta del mundo, registrada en la provincia de Santiago del Estero, quintuplicando la tasa promedio de todo el subcontinente americano. Absolutamente alarmante. La mayor desaparición de bosques nativos en todo el mundo nos tiene como protagonistas de una industria agrícola descontrolada y concentrada en cada vez menos manos. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en Sudamérica se perdieron unas 40 millones de hectáreas de bosques nativos entre los años 2000 y 2010, principalmente en las regiones conocidas como El Cerrado (en Brasil), la selva de Chiquitanos (en Bolivia) y el Gran Chaco Americano (que abarca superficies de Argentina, Bolivia y Paraguay). Un dato más: este desmonte representó más de las ¾ partes de los desmontes realizados en esos años en todo el planeta.

Conste que, solo en nuestro país, estamos hablando de millones de hectáreas de bosques nativos que son arrasados a una tasa de 300 mil hectáreas por año. Dicho de otra manera, se desmonta 1 hectárea cada 2 minutos para cultivar, básicamente, soja. Estos cambios en la estructura de los sistemas y la alteración de la biodiversidad natural generan desbalances que afectan tanto a los pobladores nativos de esas regiones devastadas como a los pobladores de otras regiones del resto del país. Y las consecuencias negativas se observan tanto a nivel de salud, como resultado del impacto de los agroquímicos en los pobladores de las regiones en las que se aplica, como en los fenómenos climáticos inesperados que son cada vez más frecuentes y de dimensiones más grandes.

Dr. Fernando Valdivia / Email: fv@fernandovaldivia.com / Sitio Web: www.fernandovaldivia.com



 
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