20 de noviembre de 1907. Habían pasado cuatro años desde el comienzo de la construcción. Y más de un mes de idas y vueltas sin decidirse a sacarlo de la casa. Con puestas en marcha casi diarias, y las preguntas del millón rondando en su cabeza. ¿Cuánto resistiría sin que se rompiera una pieza? ¿Cómo reaccionarían sus vecinos?
El automóvil, así lo llamaba, permanecía cubierto con varias lonas que lo protegían de la lluvia en el fondo de la casa de la calle Colón. No había salida por allí, ya que todo el terreno estaba más de dos metros por encima de la calle, y la única comunicación con ésta era una escalera de mármol más angosta que la trocha del vehículo. Ya había conversado con su vecino don Francisco Castronovo, quien había participado de la construcción durante esos años como cálido acompañante durante muchas noches de invierno. Y mientras las mujeres charlaban en alguna de sus cocinas, al calor de la leña encendida, habían convenido en tirar parte del tapial que separaba sus terrenos.
Con esta acción solucionaban el problema de la salida a la calle, ya que por el de Francisco una suave pendiente trepaba desde la calle hasta el fondo, donde ambos terrenos se nivelaban.
Imaginando el movimiento del coche tomó la decisión. Sería el 20 de noviembre, día del 29 cumpleaños de María. Por supuesto si ésta no se oponía por temor al que dirían en el barrio.
Le costó otros dos días hacer el planteo, ya que primero debía vencer sus propios temores. Sin embargo ella aceptó entre confundida y halagada, sin saber muy bien si alegrarse o alarmarse.
Es que también había compartido el largo tiempo de esfuerzo, en el que con mano de orfebre había tallado las piezas, realizado múltiples ensayos y reparado las roturas. Y no podía olvidar su sonrisa de orgullo la noche en que, dentro del dormitorio, puso en marcha el motor por primera vez. Sí: había sido dentro del dormitorio. ¿Cuánto tiempo había pasado? Algo más de un año ya.
-Está bien, fue su respuesta, y que Dios te acompañe. ¿Estás seguro que no saldrás lastimado? Y aceptó sus palabras tranquilizadoras.
Los preparativos comenzaron el día anterior con el derrumbe del tapial y limpieza de escombros. Luego, con sumo cuidado acompañaron el deslizar del hoy llamado Mataperros por la bajada de la pendiente del terreno contiguo. Debieron esquivar el aljibe hasta llegar al portón de entrada, donde quedó amorosamente cubierto a la espera del día siguiente.
Ninguno de los presentes imaginó que protagonizarían un hecho histórico que sería justamente reconocido casi setenta años después. A Manuel le costó conciliar el sueño. La clara noche auguraba un día magnífico. Y pudo al fin dormir.
Mientras, hacía largo rato que la profunda respiración de María indicaba que no tomaba las cosas con la misma ansiedad. Aunque lo más probable era que hubiera caído rendida por la preparación de la casa y provisiones para el simultáneo festejo de su cumpleaños y bautismo del engendro, que para él sería como el de un nuevo hijo.
Amaneció como prometía, y a las siete de la mañana saltó del lecho, cuando lo despertó la claridad del sol. Llegado a la cocina, saludó efusivamente a la cumpleañera, quien ya rondaba desde hacía rato preparando un suculento desayuno.
En voz muy baja, para no perturbar el sueño de sus hijos, discurrieron acerca de la mejor hora para realizar el evento. Convinieron que fuera cerca del mediodía, cuando ya en todas las casas estuvieran levantados. Y antes del almuerzo, para no perturbar la tradicional fiesta pueblerina. Tuvieron en cuenta además que a esa hora habría pocos moros en la costa, al contrario de lo que acontecía al caer la tarde cuando los vecinos solían sacar sus sillas a la vereda.
Producido el acuerdo, se dirigieron a los fondos para comunicárselo a la familia Castronovo, única partícipe del acontecimiento. Luego marcharon a escuchar misa, dejando a los chicos plácidamente dormidos. Al regresar, los pasos de Manuel eran apresurados por una rara mezcla de gozo y angustia, y María tenía que insistirle en que bajara el ritmo de marcha para poder seguirlo.
Llegados a la casa, despertaron a sus hijos y compartieron el desayuno, haciéndoles sentir que era especial, por ser el cumpleaños de la madre. Y les explicaron lo que iban a presenciar un rato después. Enseguida se presentó la familia vecina, portando un bizcochuelo de regalo y acompañados de su hija Ángela, en el futuro habitual copiloto de las salidas en el auto.
Conversando de temas cotidianos dejaron transcurrir el tiempo, hasta que, a pedido de Manuel, se dirigieron en grupo bullanguero hasta donde reposaba el vehículo. Lo sacaron empujando con infinito cuidado, tratando de pasar desapercibidos, pero ante lo inusual del objeto que manipulaban comenzaron a ser rodeados por los pocos curiosos que pasaban. Ante la expectativa general, Manuel empuñó la manivela y dio un vigoroso golpe, haciendo girar el volante del motor, el que tosió como sorprendido.
Como para evitar que se arrepintiera, siguió con un segundo y un tercero, comenzando las explosiones mientras las mujeres apretaban sus rostros entre sus manos y los chicos se protegían tomándose de sus polleras. El escape vomitaba fuego, y toda la estructura comenzó a vibrar como preparando un salto felino.
Manuel trepó al asiento. Su pie empujó con determinación el pedal de embrague, la palanca hacia delante, y ante la sorpresa general, su creación inició la marcha, dejando sus huellas en la polvorienta calle Colón. Algunos chiquillos, y otros que no lo eran tanto lo siguieron a la carrera. Los dos más osados consiguieron colgarse del asiento, y recogiendo las piernas compartieron el corto viaje inaugural del primer automóvil construido íntegramente en la Argentina.
Juan Carlos Iglesias es nieto de Manuel Iglesias.



