Buenos Aires, (especial para NA por Pepe Eliaschev) - El presidente Néstor Kirchner se acerca al primer año de su gobierno atribulado por el dilema central que, desde el centro neurálgico de la política, definirá su futuro y su éxito. Debe resolver el nudo principal de su existencia al frente de la Argentina.
Si generaliza los sentidos y los alcances de su impronta fundacional, el acuerdo de convivencia con Eduardo Duhalde y, sobre todo, con lo que el ex presidente representa será imposible.
Pero si el Presidente no retrocede, o no se adecua a un statu-quo de coexistencia, su rumbo hacia adelante puede confrontarlo con un escenario borrascoso, pleno de espinas.
Si no hace ni una cosa ni la otra, el equilibrio será inestable, más bien imposible.
Al Dr. Kirchner le han salido de maravillas algunas cuestiones centrales. Ha demostrado, por ejemplo, que hay cosas que pueden hacerse de otra manera. No es un extravagante, que padece de un mal carácter neurótico. Maneja, sí y muy bien, sus acotados y nada desdeñables poderes. Y cada vez que hace falta, sacude a sus interlocutores indóciles con unas filípicas que sacan de base a los que se le animan.
Pero Kirchner golpea para colocarse mejor, no necesariamente va luego por el knock-out pugilístico que define la terminación de un combate. Knock-out quiere decir, en el boxeo como en la vida, eso, un golpe que deja al otro fuera de la batalla, derrotado.
¿Puede el Presidente, acaso, aplastar para siempre a Repsol, el gigante español que se quedó con la YPF argentina por monedas y gana desde hace diez años unas cifras siderales?
Entre otras cosas, Kirchner no dejará afuera a todos sus rivales porque a muchos de ellos, sobre todo a los energéticos, los conoce al dedillo. En 1992, el gobierno de la provincia de Santa Cruz votó con las dos manos en el Congreso Nacional la privatización menemista de YPF y, encima, una ley provincial, pedida por el entonces gobernador, comprometió a los legisladores santacruceños a aprobar el proyecto del entonces presidente Carlos Menem.
Cuando el trío repsolista integrado por Alfonso Cortina, Ramón Blanco y Alejandro Macfarlane escucharon esta semana los epítetos y las diatribas de Kirchner contra el gigante petrolero, no ignoraba que ése es el estilo del hombre, caleidoscópico por decirlo de alguna manera.
Pero ¿la casualidad? quiso que en la jornada piquetera del miércoles 12 una decena de enmascarados, encuadrados en la ¨orga¨ setentista de Roberto Martino, produjeran fuego y humo en la central porteña de Repsol, dos horas después que el Presidente pidiera ¨escuchar el reclamo de los compañeros¨, refiriéndose a los 124 cortes de ruta que hubo ese día en el país.
Desde luego, el Presidente no llamaba ¨compañeros¨ a los violentos, pero en la maraña de la jornada, uno más uno dieron, previsiblemente, dos, porque el Dr. Kirchner ha dicho en reiteradas ocasiones que las empresas de energía extorsionan al país.
Entrevistado por este columnista en mi programa ¨Esto Que Pasa¨, por Radio Nacional, Ricardo López Murphy tuvo una buena idea: ¨si al Presidente le consta que Repsol lo extorsiona, por qué no los denuncia ante la Justicia?¨, se preguntó la figura más sólida del liberalismo argentino.
Deliberadamente, o porque les viene de lo más profundo, es evidente que -salvo algunas excepciones- varios de los hombres principales del Gobierno aman los malos modales, se enojan, no responden las llamadas de quienes no piensan como ellos y a menudo directamente exhiben una intemperancia notable.
Peces gordos de la galaxia corporativa internacional como Cortina, no necesitan ansiolíticos para metabolizar estos desplantes.
Repsol ha hecho, hace y hará formidables ganancias en la Argentina, tanto dinero que ni sueñan con quitarle el sufijo YPF al logotipo de la filial argentina del holding español. Por eso, tanta y tan continuada rentabilidad en sus operaciones argentinas, así como el decisivo apoyo inicial de Kirchner en los tempranos años Noventa, bien podrían valer los cachetazos metafóricos que el Presidente suele propinarles.
En verdad, la movilización piquetera genera reacciones y consecuencias mucho más sutiles y tal vez decisivas que las advertidas hoy por la patria mediática argentina. Son decenas de miles de seres humanos, es cierto, y además en su interior se expresan necesidades y reclamos de legitimidad absoluta. Basta verlos y mirarlos en sus ojos: no son un invento ideológico de aparatos blindados. Pero esos aparatos existen y en ellos se encarna una regurgitación política que proviene de otra era, de otros paradigmas, de otros escenarios.
No es patrimonio de macartistas ni de fascistas preguntarse por la legitimidad política verdadera de quienes se siguen denominando maoístas, trotskistas, comunistas o guevaristas. Se definen desde el pasado y se expresan con lenguaje y modalidades que muy poco tienen que ver con los conflictos monumentales de la Argentina de hoy.
En el Gobierno se los observa con un cierto candor. El jefe del grupo que hizo fuego y humo ante la sede de Repsol, Martino, suele ser sospechado por los propios piqueteros como un personaje opaco y del que vale la pena estar más lejos que cerca, entre otras cosas porque su desprecio por el estado de derecho corre parejo con su desaforado apetito de eco periodístico.
Al día siguiente de su ¨acción¨ pirómana ante la sede de la petrolera española, habló horas enteras con todas las radios y con todos los programas. Estaba feliz, dijo después, porque ¨ahora saben que existimos¨. La vida le sonríe: seguro que pronto va almorzar por televisión y, por de pronto, ya fue recibido por la Casa Rosada.
La animadversión abierta que dentro y fuera del poder se percibe hoy hacia la política en la Argentina es temible. En muchas ocasiones pareciera respirarse en este país esos aires perversos de recelo u oposición que a mí me hacen acordar a veces el clima previo al golpe de 1966 y el que se vivió desde mediados de 2001.
No es un misterio, por ejemplo, que el único arma que tiene Elisa Carrió para intervenir en la escena política de hoy es la diatriba gruesa y mortificante contra todos los que no piensen como ella.
Arrasada por una especie de visión obstétrica de la realidad (todo el tiempo anuncia que la Argentina esta en vísperas de un parto), anda blandiendo la Biblia y despotricando contra kirchneristas, contra radicales, contra menemistas y contra peronistas. Nadie se salva, excepto los medios, que la adoran y le ofrecen una cobertura inusitada y a menudo ridícula.
Los que huyeron de su aspereza para seguir existiendo (Mario Cafiero, Graciela Ocaña, Rafael Romá, Soledad Silveyra, Héctor Timerman) son despachados por Carrió como tránsfugas, y para figuras del Gobierno que merecen, por lo menos, consideración, sólo reserva el anatema de herejes.
Pero lo verdaderamente interesante de Carrió es su desprecio frontal por el armado político. Ella se arregla sola consigo misma y con sus mejores herramientas, la televisión, los diario, la radio.
Sin embargo, tenemos un problema delicado: al Gobierno tampoco le gusta mucho la política.
Kirchner odia a los partidos, a los que extermina con el calificativo de corporaciones, y prefiere arreglarse con ¨la gente¨.
El radicalismo, que este fin de semana congregó a 600 intendentes en Mar del Plata, nunca pudo entrar a la Casa Rosada desde que gobierna Kirchner, pero los principales dirigentes piqueteros (elegidos a través de qué sistema?) sí van y se tutean con el Presidente. Es en las cuestiones eventualmente menos estratégicas donde se advierte una precipitación o unas prioridades difíciles de comprender.
Torcuato Di Tella, el asombroso secretario de Cultura del Presidente, careó dentro de su despacho al renunciante director de la Biblioteca Nacional, Horacio Salas, con un grupo sindical enardecido. Di Tella cree que los sindicatos deben ser considerados y convocados para manejar esa institución cultural, una curiosa ideología, según la cual los empleados de las dependencias estatales son los verdaderos titulares de las mismas, no la sociedad civil ni el gobierno en funciones.
El resultado fue la bochornosa revelación de que la Biblioteca Nacional es una calamidad, Salas se fue y estaban buscando a un reemplazante que tenga ¨buena cintura con los sindicatos¨ (según explicó el divertido Di Tella).
Ni los fuegos artificiales de y con los piqueteros, ni la fobia a la política burguesa expresada en instituciones, ni la incompetencia y el amateurismo para manejar la empobrecida cultura de los argentinos tienen, sin embargo, el poder determinante que sí poseen las dos cuestiones centrales que, hoy, deberían desvelar a la Argentina: renegociar los contratos con las empresas de servicios y plantear una contraoferta válida a los acreedores privados.
En estas dos pujas se resuelve el eje central de coordinadas del momento: en ambos casos, ni los desplantes, ni las muecas, ni los recursos mediáticos serán suficientes.
No habría que descartar que Kirchner tuviese suerte, o que su olfato le sirviera al país y, en consecuencia, a puro gesto de varonil dureza terminara dando vuelta el escenario. Puede ser.
¿Quien lo sabe? Pero es una jugada audaz, sin empate posible.



