Era un viaje que se realizaba en dos etapas, la primera parte en ómnibus hasta el puerto de Zarate, luego abordábamos la lancha hasta la quinta de mi abuela materna en pleno delta.
Creo que solo contaba con 6 o 7 años por entonces, lo que me daba una visión muy diferente de la que tienen los adultos de un viaje o unas vacaciones.Todo en mi mente era mas grande y maravilloso, recuerdo que siempre la noche anterior al viaje no podía dormir, ansioso por lo que ocurriría al día siguiente. Llegábamos al puerto y nos disponíamos a esperar la llegada de ¨La Galofre¨, como habitualmente denominaban a la embarcación que nos trasladaría por la zona de islas.
Siempre, en ese horario los marineros de Prefectura izaban la bandera, y yo me quedaba firme, observando como la enseña patria subía hasta lo alto del mástil; algunos caballeros se sacaban el sombrero en señal de respeto a dicha ceremonia.
Mas tarde, cruzando el Paraná de las Palmas e ingresando en el canal Mitre, comenzaba a disfrutar de ese bello y característico paisaje isleño; los juncos ondeándose en la costa al compás de las olas, casitas altas para escapar de las crecidas del río, algún pescador recorriendo el espinel en su canoa, una cimbra arqueándose, señal de pez grande atrapado por la misma.Gente saludando desde un muelle, todo me parecía exótico, y provocaba en mí, un espíritu de aventura. Hasta que de pronto frente a mis pequeños ojos, el gran río, el Paraná Guazú o Paraná grande como lo indica la lengua guaraní, algunas veces, debido al viento, estaba ¨picado¨ como dicen los isleños, entonces la lancha me parecía más pequeña aun frente al gigante embravecido. Terminar de cruzarlo siempre era un alivio, después ingresábamos en el Brazo Largo, un arroyo que penetra en el corazón del delta.Mucho más pintoresco que lo antes visto, pájaros multicolores desconocidos a mi vista, plantas con enormes hojas, y el fuerte olor a madera recién cortada, proveniente del desmonte que se apilaba cerca de la orilla.
Nos preparábamos para desembarcar, y allí estaban siempre los abuelos esperando nuestra llegada.
¨La Gloria¨ era una quinta modesta, pero con todas las comodidades que se podían tener en aquel entorno.Un camino hasta la casa enmarcado por naranjos que esparcían su intenso aroma, la construcción poseía una galería al frente, una sala de estar, dos dormitorios y un enorme comedor, donde se hallaba una cocina a leñas que despertaba siempre mi curiosidad por su forma y por su funcionamiento.
Para mi, eran días en que un descubrimiento daba paso a otro, y estos a su vez al asombro, la felicidad estaba al alcance de mi mano, mi corazón, latía como un cascabel, eran verdaderos días de gloria.
El autor es Alumno del Taller Escuela Mariano Moreno, de Periodismo y Comunicación



