Cuando Felicitas Guerrero nació, en pleno gobierno de Rosas, rondaba el espíritu de Camila O´Gorman sobre la vieja Buenos Aires. Nadie se imaginó que la única hija de Carlos Guerrero y Felicia Cueto Montes de Oca correría el mismo destino. Su infancia fue alegre y despreocupada, rodeada de nanas y de naturaleza. Todo empezó a cambiar cuando supo que setenta y un mil hectáreas de campo decidirían su suerte. Ella tenía tan sólo diecisiete años y él, Martín de Álzaga, sesenta. Muchas lágrimas lloró la joven para ablandar el corazón de sus padres, pero de nada le sirvieron. La boda se celebró con lujo y toda la aristocracia porteña. No obstante, dos personas se verían particularmente afectadas por la unión: María Caminos, a quién él nunca legitimó, pero fue la mujer con la que tuvo cuatro hijos durante veinte años de relación y Enrique Ocampo, pretendiente de Felicitas, quién tuvo que ponerse a un lado a razón de la abigarrada billetera de Álzaga.
El primer hijo de la pareja murió de fiebre amarilla a los tres años y el segundo, Martín, nació con problemas e salud y tampoco sobrevivió. Cuentan que Álzaga no resistió semejantes pérdidas y dejó viuda a Felicitas, que con tan sólo 26 años fue la mujer más rica de la Argentina.
Nadie puede imaginar lo festejada que ha sido ésa señora y el alboroto que producía su presencia. Eso avivó la esperanza de Enrique Ocampo, quién fue tío abuelo de la escritora Victoria Ocampo. Pero el corazón de la joven pronto tuvo dueño. Por primera vez se había enamorado de Samuel Sáenz Valiente, con quién pretendió casarse. Cuando Ocampo supo que no sería el elegido por segunda vez, no dudó en dispararle a su amada un tiro en el pulmón en plena fiesta de compromiso.
Ella murió a los tres días y sus padres heredaron todo. Y los culpables derramaron algunas lágrimas de ocasión, pero luego de hacer la sucesión vivieron felices para siempre. Total, se trató de una mujer, tan sólo de una mujer menos.
Fabiana Daversa
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