El cuento "El aleph" de Jorge Luis Borges, escrito aproximadamente por los años 1940 y publicado por primera vez en la revista "Sur" en 1945, estuvo dedicado a Estela Canto, una escritora y traductora mucho más joven que él, afiliada al Partido Comunista, con la que el escritor intentó formalizar una relación sentimental pero sin éxito.
Es un cuento de una maestría narrativa y profundidad filosófica tal que nos resultaría imposible desarrollar un análisis minucioso en esta columna. Pero tal como lo venimos haciendo en las columnas literarias de los miércoles que preceden a ésta, nos vamos a dedicar al personaje femenino protagónico del cuento, Beatriz Viterbo, cuya presencia sólo es tangible en el mismo a través de la evocación que hace el narrador personaje -también protagónico- llamado "Borges" y los objetos, retratos y fotografías que le ofrecen al lector diversas pero significativas imágenes de Beatriz, que ya ha muerto.
El relato se inicia de la siguiente manera: "La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.". Y el narrador reflexiona con el lector ante el hecho de cómo la muerte nos aparta del dinamismo cambiante y permanente del mundo y cómo se modifica asimismo la relación que habíamos tenido con la persona fallecida: Borges se dedicará entonces a honrar con perseverante veneración la memoria de Beatriz sin que la devoción que sentía por ella llegara a exasperarla y ya sin esperanzas de conseguir una retribución amorosa, pero sí al menos evitando el rechazo y humillación a los que lo sometía.
Es así como cada 30 de abril, que había sido el día de su cumpleaños, y por más de doce años visitará la casa familiar deteniéndose en el recibidor convertido prácticamente en un panteón o santuario donde múltiples fotos de Beatriz lo esperan, y comparte con el padre de ella y su primo, Carlos Argentino Daneri, una cena.
Las conversaciones con Carlos Argentino van rondando el territorio del duelo intelectual y sentimental, ya que el joven había tenido una relación muy próxima con su prima, y en ellas le expone con su habitual pedantería sus proyectos literarios (un poema que titularía "La Tierra" y en el que se proponía describir al planeta) y hasta le lee incluso parte de lo que está escribiendo pretendiendo humillar a Borges. Finalmente, y antes de que la casa familiar de la calle Garay sea demolida para que la firma de Zunino y Zungri puedan ampliar la confitería ya instalada en la esquina, lo convida con un trago y lo invita a descender las escaleras que conducen al sótano de la casa. Allí, en una posición casi yacente y fijando la vista en un determinado escalón podrá observar a través de un objeto mágico llamado "aleph", que era una esfera de vidrio tornasolado, todo el vasto universo comprendido en su magnífica y alucinante totalidad y diversidad. Podrá verlo todo desde todas las perspectivas posibles y, asimismo, todas las imágenes de Beatriz, que siempre había sido tan esquiva, desdeñosa y hasta burlona con él.
Borges puede observar entonces el caos inabarcable de este mundo, ve también las cartas vulgares y obscenas que Beatriz le había dirigido a Carlos Argentino, lo alucinatorio e incomprensible que es el mundo para el hombre, quizás una imagen especular y laberíntica del mundo celeste y siente "infinita veneración, infinita lástima". Carlos Argentino lo rescata de esa visión sobrecogedora y fascinante. Seis meses después de la demolición de la casa, Daneri ganó el Segundo Premio Nacional de Literatura, Borges no obtuvo ni un voto. El aleph ya perdido, expresión de la infinitud del cosmos le resultó finalmente horroroso y carente de sentido; él como todo hombre está perdido en ese caos incomprensible que es el mundo y angustiado a la vez por el incesante fluir temporal que lo arrastra y le hace olvidar "bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz".
PARODIA Y ELIPSIS
El crítico argentino Carlos Gamerro en "Borges y los clásicos" compara esta Beatriz de "El aleph" con la Beatrice de Dante, también desdeñosa y burlona que lo desaira, tal como aparece en la "Vita nuova". Pero hay también una vuelta de tuerca en la literatura argentina, que gira sobre sí misma y se muerde la cola. En 1985 (casi 40 años después) Fogwill escribe un cuento largo, casi una nouvelle, que incorpora en su volumen "Pájaros de la cabeza", titulado "Help a él" y este título es en sí mismo un anagrama o juego con las letras de una o más palabras que se reorganizan formando nuevas palabras y consecuentemente nuevas significaciones (El aleph/Help a él).
El cuento de Fogwill es una hábil parodia del cuento de Borges y todo lo que es intelectual, pudoroso, medido, filosófico en su cuento, se vuelve sensorial, corpóreo, de un erotismo ilimitado y desquiciante relacionado con la experiencia extrema vehiculizada por la droga. Así se inicia "Help a él": "La pesada mañana de febrero en que Vera Ortiz Beti tuvo esa muerte espectacular que ella misma hubiese elegido, al salir de la torre de Madero, mirando hacia la Plaza San Martín vi unos peones de mameluco blanco que trabajaban sobre las carteleras que afean la estación Retiro. A la distancia parecían animalitos adiestrados sólo para arrancar los viejos carteles de L&M y reemplazarlos por no sé cuál otra marca extranjera de cigarrillos. La idea de cambio me evocó las observaciones que solía hacer el otro, y, como él, yo también pensé que esa periódica sustitución inauguraba una serie infinita de cambios que volverían a esta ciudad, a este país y al universo entero, una cosa distinta que ya nada tendría que ver con ella". Beatriz Viterbo y Vera Ortiz Beti, las plazas y estaciones Constitución y Retiro, el cambio de los carteles publicitarios con marcas de cigarrillos no son los únicos elementos pero ya nos revelan el tono paródico del cuento de Fogwill, en el que se conjugan el reconocimiento "al otro" y "sus observaciones" pero también la ridiculización y las ironías risibles tan propias de este escritor.
También Martín Kohan, escribiendo desde otro formato textual que no es la parodia, sino la escritura desde lo que no quedó dicho, la elipsis o "el pliegue", es decir lo que quedó oculto, como si estuviera debajo de un pliegue de un vestido en el cuento "Emma Zunz", escribió en 1988 su cuento "Erik Grieg" que se inicia así: "Todo el mundo sabe que una puta no besa", y esta prostituta joven, inexperta y alejada de los gestos y conductas del estereotipo de las mujeres que ejercen ese trabajo, roza con sus labios los del marinero Erik Grieg que torcerá su destino para buscarla infructuosamente.
Borges fue en el siglo XX el escritor argentino que instaló temas, tópicos, una determinada estética literaria, nuestro clásico nacional reconocido más allá de nuestras fronteras y destinado a ser homenajeado, pero la pregunta que se harán muchos de los escritores posteriores a él a partir de la década del ’80 será entonces ¿Cómo escribir después de Borges? Fogwill desde la parodia y Kohan desde lo que quedó en estado de elipsis o no dicho (lo que quedó oculto en el pliegue) en los cuentos de Borges son respuestas válidas y tentadoras para cualquier lector y escritor de literatura.
Marisa Mansilla/ Taller Álgebra y Fuego - marisamansilla2000@yahoo.com.ar



