El miércoles pasado comentamos la presencia en la narrativa nacional de estas dos escritoras argentinas de comienzos y mediados del siglo XX que incluyen en algunos de sus cuentos personajes de niñas de diferentes clases sociales, que desatendiendo sus diferencias entablan sólidos vínculos de amistad, hasta que irrumpe algún elemento trágico, la muerte (así sucedía en el cuento "Las dos casas de Olivos" de Silvina Ocampo) que destruye toda posibilidad futura a esa amistad. Lo prometido era tratar de reflexionar hoy acerca de cómo se representa esta situación en los cuentos "La siesta en el cedro" de Silvina Ocampo y "La fiesta ajena" de Liliana Heker.
LA SIESTA EN EL CEDRO
Las niñas de "La siesta en el cedro" son Elena, que habita el caserón de la familia rica, y su mejor amiga es Cecilia que tiene una hermana melliza, Ester, son las hijas del jardinero y viven alejadas en una casita modesta. El "chauffeur" de la familia (así en francés referido en el cuento) comenta que Cecilia "está tísica" y que ya tres hijas de la familia del jardinero habían muerto debido a esa enfermedad. Y por más que el comentario tiene las características de un rumor dicho por lo bajo, la murmuración es un atractivo ineludible para Elena que corre a decírselo a su niñera y también a su hermana. "No te acerques mucho, por las dudas", "Fijáte bien si tose…", "No tomes agua en el mismo vaso…" Elena comete las primeras e inocentes rebeldías: juega con Cecilia y toma agua del mismo vaso, pero también le comunica a su mamá que su amiga está tísica y entonces un telón de hierro se corre entre la casa y el parque: las persianas permanecerán cerradas, la servidumbre estará encargada de frenar a Cecilia cuando se dirige a la casa a buscar a Elena para jugar en las dilatadas siestas de verano, junto al cedro, y como consuelo le entregarán golosinas y juguetes antes de cerrarle la puerta en la cara negando la presencia de Elena.
Un día Elena ve al jardinero vestido de negro y aunque hace todo lo posible por no escuchar ahora los nuevos rumores que circulan por la casa sabe que Cecilia ha muerto. Esconde el vaso en que bebía con su amiga "el agua prohibida". Su niñera la llevará a visitar a la familia de Cecilia para que le exprese sus condolencias y aunque ella intenta expresar en su rostro el dolor por esa pérdida ve a una familia riéndose y hablando de temas cotidianos, incluído el jardinero, su padre, está junto a otro jardinero riéndose. ¿Ese es el clima de dolor, recogimiento y gravedad que ella asocia con la muerte de un familiar tan cercano como una hija, una hermana? Elena extrañada quiere traer a Cecilia a la conversación que hasta entonces había girado en torno a banalidades y pide ver una foto de Cecilia, pero no había ningún retrato de ella sólo la foto desvaída de su cédula de identidad. El cuento finaliza tal como se inicia con una suerte de fórmula química: "Hamamelis Virginica, Agua destilada 86%".
¿Qué representa esta agua curativa que utiliza Elena para aliviar las lastimaduras de sus rodillas raspadas cuando en el inicio del cuento se impone caerse de su hamaca a propósito para poder llorar? ¿Por qué bebía con su amiga Cecilia, escondidas ambas en una cueva junto al cedro del parque, esa "agua prohibida" y mágica? El agua de Hamamelis era en la época un tónico facial astringente y asimismo tenía un poder curativo antibiótico pero las niñas la asocian a su nombre vulgar de "Avellano de bruja" y lo cargan de significaciones misteriosas.
Su frondosa imaginación infantil, la atracción hacia el chismorreo de los adultos y sirvientes del que participa, aunque sus consecuencias le impidan luego los encuentros con su amiga, sus pequeñas perversiones, su extrañeza ante la muerte de Cecilia y la aparente falta de sensibilidad con que la asume su familia que la defraudan, su imposibilidad de llorar a la amiga muerta que la hace acudir a provocarse la caída de la hamaca para poder lastimarse y, aunque sea en soledad, soltar su llanto tibio, son temas o tópicos recurrentes en los cuentos de Silvina Ocampo. La muerte separa definitivamente a las niñas, si es que, como en los dos cuentos tratados en esta columna de su producción, no estuvieran ya separadas por diferencias insalvables.
LA FIESTA AJENA
El magistral cuento de Liliana Heker, "La fiesta ajena", también se inicia de una manera peculiar, "in media res" que significa en la mitad de la cosa o de la historia, es decir que se narra un hecho que ocurre cuando la historia ya está avanzada, luego se retrocede en una retrospectiva para que se entienda el porqué de ese hecho y luego la historia progresará hacia su desenlace. "Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la tranquilizó".
La protagonista que hace esto es Rosaura, hija de Herminia la sirvienta de la señora Inés que había sido invitada al cumpleaños de Luciana, su hija. Herminia no veía con buenos ojos que Rosaura fuera a ese cumpleaños, le deja muy claro que ella no es "amiga de Luciana", sólo "la hija de la sirvienta" y es tajante cuando afirma "…lo que pasa es que a usted, m’hijita, le gusta cagar más arriba que el culo"; pero ve el deseo de su hija de ir a esa fiesta y le prepara su mejor vestido y hasta le coloca vinagre en el pelo para que le quede brillante.
Al llegar a la fiesta, sólo Rosaura puede entrar a la cocina de la señora Inés y ver al mono traído por el mago para sus trucos, ¿es un privilegio que se le concede por ser la amiga de Luciana? Rosaura juega con los otros chicos, se divierte más con los varones participando de la carrera de embolsados, la mancha agachada y el delegado y rivaliza con la prima de Luciana, una rubia engreída con un moño que pretende humillarla.
Pero la señora Inés con la excusa de que todos son muy revoltosos le permite sólo a ella ingresar a la cocina y llevar la jarra repleta de naranjada, servir las salchichitas, cortar y servir la torta y hasta colaborar con el mago contratado que le agradece diciéndole "señorita condesa". Rosaura se siente verdaderamente amiga de Luciana y está feliz, pero cuando su mamá va a buscarla en el horario de finalización del cumpleaños y espera recibir su sorpresita como el resto de los chicos ( una pulserita para las nenas y un yo-yo para los varones) la señora Inés tomó su bolso y sacó de allí un par de billetes y extendiendo su mano hasta la niña, le dijo : "Esto te lo ganaste en buena ley". Ese gesto de "patrona" quebró todas sus ilusiones e hizo morir también su inocencia infantil.
Esa fiesta era efectivamente una fiesta "ajena", la fiesta que se había ofrecido a los niños ricos, el lugar de ella había sido el de servirlos. Marie Labarthe, quien comentó este cuento durante nuestro Café Literario del año pasado, dijo: "Rosaura supo entonces, como una brutal cachetada, que su opción era sólo aportar su trabajo para el disfrute de los otros. Ella era una niña pobre, lo demás sólo ilusiones, apenas pequeños momentos de felicidad que no durarán más que un suspiro. No pertenecía a la clase de los favorecidos, los privilegiados, los patrones… ella está en el mundo del que le habló su mamá y que se negaba a aceptar: el de los trabajadores".
Marisa Mansilla/ Taller Álgebra y Fuego - marisamansilla2000@yahoo.com.ar
Silvina y Liliana: cuentos de nenas amigas... y de diferencias sociales



