Hace 26 años que integra la Asociación Protectora de Animales de Campana, donde hoy se protegen a unos 140 perros. Ella, además, tiene a 18 en su propia casa. "A un perro vos le das una mano, y te lo agradece eternamente. En cambio, al ser humano vos le das una mano y después te da una patada en el traste", dice María Cristina Ponce de León.
Para el poco conocedor y sin GPS, no es muy fácil encontrar la calle Burgos 1075, en el barrio Los Nogales. Incluso los vecinos tampoco lo tienen muy claro, porque es una calle poco transitada. Pero si uno pregunta por el refugio de perros, no hay ninguna duda: "De hasta el fondo y a la derecha. Va a escuchar los ladridos", es respuesta certera.
Ahí nos espera María Cristina Ponce de León, quien está vinculada a la Asociación Protectora de Animales Campana (APAC) hace 26 años. La APAC tiene 31 años de vida, y empezó en el barrio Lubo, sobre la calle San Juan. "Ese terreno nos quedó chico, y Calixto Dellepiane, durante su última intendencia nos donó éste. Son 5 mil metros cuadrados", explica María Cristina.
En el lugar hoy se atienden las necesidades de 110 perros adultos, más otros 30 cachorros que fueron abandonados en las inmediaciones del lugar en los últimos 15 días. "Cada vez me avergüenzo más del ser humano. Porque habiendo tantas castraciones gratuitas, que a la gente le dé lo mismo llevar una perra a castrar que tirar un animal, y encima cachorro", dice con evidente indignación la protectora. Semejante plantel, consume unos 40 kilos de alimento diario, que se financia sin ningún subsidio oficial, merced al aporte de unos 350 socios, a razón de una cuota mínima de $50.- mensuales.
María Cristina ya está grande y tiene problemas del nervio ciático. Entonces, va al refugio sólo 4 días a la semana. Pero la demanda es diaria. "Somos 12 integrantes de la Comisión Directiva y 3 voluntarios. "Todos los días venimos a darles de comer y limpiar los caniles. Los animales dependen exclusivamente de nosotros. Si nosotros no venimos, los animales no comen y están todo el día con la caca y el pis que hicieron. No pueden estar todos sueltos todo el tiempo porque si no se pelean entre ellos y se lastiman", explica María y recuerda la última incorporación al staff de voluntarios: "Somos permeables a recibir voluntarios que nos ayuden, pero la gente no se compromete. Vienen un par de veces y desaparecen. Ahora se enganchó un chico de 14 años que es también Cadete en los Bomberos. Se ve que tiene la solidaridad a flor de piel. Es voluntarioso, buena persona… te das cuenta que siente lo que hace".
Claramente, la APAC, además de recibir perros para protegerlos, también busca familias adoptivas. Pero a cualquier precio. "La idea es encontrarles un hogar, pero un hogar responsable. Darlos por darlos, no. Si a mí la persona no me gusta dónde vive, o veo que el animal no va a estar bien, no se lo regalo. Los únicos que miramos por los animales para que estén bien somos nosotros. Ellos no pueden hablar. Entonces, si no nosotros no les damos la seguridad de un hogar responsable, el animal queda a la deriva. Acá hay perritos que los han devuelto después de un año, porque la gente se da cuenta de que no los puede cuidar. Y hay perritos que después de unos años de estar acá, no se han querido ir. Entonces, ellos viven toda la vida que tengan que vivir acá. Este es su hogar".
¿Y cómo sabe esa mujer cuando los perros no se quieren ir? "Porque –explica- cuando vos lo vas a agarrar se te tiran de los brazos y se van corriendo hacia el fondo y no lo podés agarrar. Otros, que son mansos, llega el momento de agarrarlo te tiran tarascones y te ladran como el más malo. Y hay casos que los perros se han vuelto desde la casa adoptiva. Uno se orientó desde el barrio del Hospital y llegó hasta acá… En el trato diario con el animal, entendés cuál es el lenguaje. Así como cada padre conoce las de su bebé, nosotros conocemos las necesidades de nuestros perros. Son un montón, pero todos tienen nombre, e identificamos a cada uno por el suyo. Recuerdo el nombre de todos y el de los que se regalaron. El de los que se murieron también".
María Cristina dice que siempre fue "bichera", y su familia también. Entonces, cuando sus hijos ya estaban grandes y no la necesitaban tanto, se empezó a dedicar más de lleno a la asociación. Incluso, hoy tiene 18 perros en su propia casa. Se ríe y cuenta: "Muchos están grandes. Varios llegaron con necesidades especiales al refugio, entonces me los llevaba a casa para curarlos y se fueron quedando… Pero no me arrepiento para nada. Al contrario. A un perro vos le das una mano, y te lo agradece eternamente. En cambio, al ser humano vos le das una mano y después te da una patada en el traste".
“Recuerdo el nombre de todos y el de los que se regalaron. El de los que se murieron también", dice María Cristina sobre los perros del refugio.
Silvina Montani, María Cristina Ponce de León, Vicky Ré y Priscila Krismeyer en plena tarea voluntaria. La atención en el refugio es diaria.



