Voy a empezar con una pregunta, y a intentar argumentar una respuesta. ¿Queremos una costanera? La respuesta unánime es si, rotundo e indiscutible. Sobre la base de una expectativa tan genuina como esta, es muy mezquino, especular con partir las aguas diciendo que unos quieren y otros no. Todos queremos la mejora, el desarrollo, y la recuperación de la costa. ¿Lo que vaya uno a saber por qué?, intencionadamente quizás, se tergiversa y se esconde, es él como lo queremos.
Y aquí es donde se rehuye el debate. La costanera no es un fragmento descolgado de una realidad local, ni un espacio para el armado de estereotipos tras culturadoso reiterados, como la misma avenida Rocca que por más nueva que sea, no deja de ser el mismo esquema repetido de recursos estilísticos que aparecen tanto en capital como en cualquier ciudad con los mismos argumentos y muy poco de espíritu propio de la localidad.
La costanera es un espacio cuyo impacto urbano es decisivo para Campana y debe conjugar múltiples intereses convergentes en su programa. No es un coto de caza para la especulación o el oportunismo. Y a esa circunstancia, que se ha desarrollado en torno a una intervención urbanística inusual en nuestros pagos, convergen desde los que ya se han repartido el negocio, los que pretenden presentar proyectos enlatados, los que tienen ya armada su propuesta, como surge de alguna presentación empresaria, hasta los siempre convidados de piedra, profesionales locales que reclamamos históricamente por una silla en la mesa para debatir sobre el mejor proyecto posible. Una intervención de esta magnitud implica un amplio debate respecto del programa de necesidades consensuada entre todos los actores de esta comedia, y después un concurso abierto a las múltiples opciones de las mejores iniciativas creativas para que finalmente se elija en un proceso democrático aquel que mejor conjugue la relación costo beneficio. Eso hasta ahora no está en la agenda de discusión.
Desconcierta cuando se usa el argumento de la planificación de un futuro sobre ese territorio, cuando lo que se ha mostrado hasta ahora cada vez que se anunció algo, es un croquis que no surge de ninguna planificación sino de algún capricho morfológico, utilitario o especulativo. Este año hemos sido convocados al debate en el concejo urbano, por la obligación impuesta por el propio código para su reforma, y cuando nuestra visión se contrapuso a lo esperado, se cerró el debate o se impuso la fuerza de la mayoría numérica sobre la razón de los argumentos profesionales.
Ojalá, algún día, pueda entender por qué razón los políticos, cuando están en campaña entienden y apoyan el concepto de construcción de consensos y debates territoriales y cuando son electos mutan al rol de iluminados y sienten que rápidamente se han convertido en planificadores e intérpretes de las verdaderas necesidades socio-territoriales, se olvidan de la convocatoria al debate sobre ese plan urbano y definen proyectos sobre la ciudad con espíritu individual y suficiente.
Construir un espacio público, sea la costanera o lo que fuere obliga primero a la generación consensuada con los usuarios urbanos de un plan de necesidades que se traduzca en un programa escrito para servir de base a un concurso y permita que múltiples visiones lo interpreten. El rol público final será el de juzgar finalmente cuál de esas propuestas representa mejor lo que se planteo como requerimiento. Y así los resultados no serán objeto de una puja mezquina por si o por no, o si es o debía ser porque desde el inicio, lo que se resuelva viene de la mano de la participación colectiva.
Los espacios públicos son ámbitos de construcción de ciudadanía y espacios de generación de pertenencia. Si no validan mi planteo, tómense el trabajo de leer a Vitrubio. Marco Vitrubio Pollion fue un Arquitecto que ya en el siglo I en la antigua Grecia, en época del emperador Augusto, se encargó de enseñarnos en su tratado sobre la arquitectura tanto pública o privada, cómo la presencia del imaginario colectivo debe participar en la construcción de ciudad. Esta referencia me trae a la memoria una anécdota que, si bien no le pertenece, siempre recuerdo, del proceso de creación de una plaza pública y la generación de los recorridos ideales, en el interior del país. El espacio de la plaza se dejó durante un año liberado al tránsito y al uso público espontáneo. De la observación de los recorridos y de la apropiación que la gente fue haciendo del espacio se terminó construyendo el programa de necesidades y finalmente el producto obtenido resultó una emergente del uso que se le daba en aquella experiencia. Esta anécdota pone de manifiesto algo más profundo, la ciudad es un resultado de quienes la usan diariamente, y la responsabilidad de quienes nos dirigen es simplemente interpretar las necesidades de esos usuarios.
Es hora de tomar el planeamiento con la seriedad que merece.
Arq. Jorge Bader - Matrícula CAPBA 4015



