DE ENDURECER LA TIERRA
De endurecer la tierra
se encargaron las piedras;
pronto
tuvieron alas;
tierra mojada
las piedras que volaron:
las que sobrevivieron
subieron
el relámpago,
dieron un grito en la noche,
un signo de agua
una espada violeta,
el cielo suculento
no sólo tuvo nubes,
no sólo espacio con olor a oxígeno,
sino una piedra terrestre
aquí y allá, brillando,
convertida en paloma,
convertida en campana,
en magnitud, en viento
penetrante:
en fosfórica flecha,
en sal del cielo.
Pablo Neruda.
Las piedras no sólo servían como amuletos protectores, sino también como objetos de rituales funerarios; como armas de identificación de un guerrero; como símbolos de dignidad y poder y los lugares rocosos se convertían en auténticos lugares de culto. Las piedras que circundaban al hombre primitivo tenían un significado especial para él, pues le daban el poder de ser símbolos de perennidad, invariabilidad, inmovilidad, unidad, energía y fuerza. Desde aquella época han sido adoradas por el poder sagrado que le asignaban debido a su forma, origen o tamaño, concediéndoles tanto un significado mágico como religioso.
Cuando se hace referencia al "culto de las piedras", que fue común a tantos pueblos antiguos, hay que comprender que el mismo no se dirigía a las piedras en sí, sino a que ellos creían que las mismas eran la residencia de una divinidad o espíritu.
El betilo es una piedra sin labrar o toscamente tallada, en muchas oportunidades caída del cielo (hoy la conocemos con el nombre de aerolito), a la que se le rendía culto como representación de una energía espiritual o una divinidad.
La influencia más profunda fue ejercida por las piedras meteóricas que veían entrar a la atmósfera con su grandiosidad llameante.
A los betilos se les atribuían poderes similares a los talismanes mágicos o amuletos, los más pequeños eran usados como amuletos protectores de los viajantes y navegantes. Los Incas le consagraban unos enormes montículos artificiales hechos de piedras, llamados "apachetas".
Ante todo, la piedra es siempre la misma, subsiste, y lo que es más importante, golpea. Aún antes de tomarla para golpear, el hombre tropieza con ella. Si no lo hace con su cuerpo, lo hace con su mirada, percibiendo así su dureza, su rudeza y su poder.
Las piedras y las rocas desde la más remota antigüedad, ocupan un lugar importante en el folclor de los búlgaros y los demás pueblos balcánicos.
Cuando caía una estrella envuelta en llamas al entrar en la atmósfera, ésto para el hombre primitivo era impresionante, pues creía que estas cintas de fuego marcaban el paso de un espíritu camino a la tierra. Por éso, no es de sorprender que los hombres fueran llevados a adorar dichos fenómenos.
Los betilos o piedras sagradas, eran las imágenes Anacrónicas, es decir, fuera de lo común debido a la forma en que aparecían en la superficie de un campo cultivado o un campo de pastura. Ellos, no sabían tomar en cuenta la erosión ni los resultados de la arada de la tierra. También estos pueblos se impresionaban debido a su frecuente parecido con los animales.
Aún hoy, a la diosa Pachamama (Madre Tierra), los descendientes de los Incas le consagran unos enormes montículos artificiales hechos con piedras, encontrándose en los caminos, en las encrucijadas de alturas y en las cumbres.
En todos los continentes se conserva todavía una veneración supersticiosa por las piedras, pues representan lo eterno, lo inalterable.
La piedra fue el primer instrumento que ha utilizado el hombre. En ella se realizaron sacrificios a los dioses; se observaron concesiones divinas; se amortajaron a los muertos; el gran iniciador de los cristianos invitó a sus fieles a edificar su Iglesia sobre una piedra. Él mismo se nombró "piedra angular", y le dijo al más creyente de sus apóstoles "Llámate Petrus, porque tú eres la piedra sobre la que se edificará mi iglesia"; se observaron concesiones divinas y en la alquimia se menciona "la piedra filosofal", verdadera sal de la filosofía, pues representa la perfección en su máxima expresión, la iluminación y la felicidad celestial.



