Y después de otro 8M amerita volver a "El conde Lucanor" o "Libro de los enxiemplos del Conde Lucanor et de Patronio" (S. XIV). Pero en esta oportunidad al enxiemplo XXXV que narra lo que le sucedió a un joven que se casó con una mujer muy fuerte y brava, cuento muy popular de origen árabe de esa época que también reversionó en el siglo XVII Shakespeare en "La fierecilla domada". El cuento narra la historia de un joven de origen moro que era muy bueno pero pobre, por lo que estaba preocupado porque deseaba poder hacer en la vida acciones que demostraran su naturaleza y valores pero no tenía recursos para llevar esto a cabo.
De allí que se le ocurrió solicitarle a su padre que lo ayudara a acordarle un casamiento ventajoso con la hija de un hombre rico y honrado que era su amigo, aunque eta joven tenía fama de violenta y de poseer muy mal carácter, por lo que nadie se atrevía a solicitarla en matrimonio. Con mucho temor los padres de los dos jóvenes trataron el casamiento de sus hijos que finalmente se llevó a cabo. Y tal como se acostumbraba en la cultura árabe sus familiares y amigos prepararon la cena de la noche de la boda y dejaron a los novios solos en la casa hasta el día siguiente, no pudiendo ocultar el pánico que les producía el suponer que podrían llegar encontrar muerto o mal herido al joven.
El novio, y su esposa, entretanto se sentaron a la mesa y él le pidió al perro que le llevara el agua para enjuagar sus manos. Obviamente, el perro no lo hizo y el joven tomó su espada y lo persiguió hasta dar con él y lo degolló y descuartizó con increíble crueldad dejando en la escena una horrenda carnicería, lo mismo hizo con un gato y finalmente con su caballo, el único que poseía. La mujer no podía creer lo que veía y el esposo le pidió entonces que se levantara y le acercara el agua para lavar sus manos, cosa que ella hizo presurosa.
El joven le dijo entonces que agradecía a dios que lo había hecho porque, de lo contrario, tendría que haberle dado el mismo infausto destino que al perro, al gato y al caballo, luego le pidió que le diera de comer y que se acostaran a dormir, y que nadie lo despertara temprano a la mañana siguiente para que no se enojara. Al día siguiente, cuando todos los parientes y amigos fueron a ver cómo habían pasado la velada los jóvenes esposos y si el joven seguía aún con vida, la mujer los despachó sobresaltada diciendo que se fueran y no hablaran fuerte si querían seguir con vida todos ellos y ella también, y contó la inusitada bravura de su marido. La metamorfosis de la "mujer brava" en "sumisa esposa" se interpretó como modelo de éxito del marido con respecto al trato que debía dar así como recibir de su esposa y como ejemplo de una masculinidad digna de ser imitada.
Obviamente, esta es una historia que debiera parecernos impensable en la actual perspectiva histórica: un esposo que ante el supuesto "mal carácter" o bravura de su mujer se envalentona y la somete a presenciar el horrible maltrato y crueldad que ejerce con sus animales a los que da muerte como amenaza y segura promesa de femicidio no debiera alcanzar hoy en día, siete siglos después, el estado o condición de "realidad ficcionalizable", aunque las alarmantes cifras de estas muertes en nuestro país y otros a veces nos provoquen tristeza y dudas. Sin embargo, todavía no era el momento de imaginarnos a la "mujer brava" bregando por el "ni una menos" o el "vivas nos queremos".
EL PORTAZO DE NORA
Pero del siglo XIV a finales del siglo XIX el lugar social de las mujeres dentro de sus casas como esposas y madres y también afuera como trabajadoras fueron provocando nuevas realidades, cuestionamientos y críticas que supo interpretar muy bien el dramaturgo noruego Henrik Ibsen (1828-1906) en una obra muy conocida e incluso llevada al cine argentino como "Casa de muñecas" ( aunque en la película nacional se suavizó el portazo final que da Nora cuando abandona a su marido e hijos y abandona la casa familiar, regresando un año después). La obra de Ibsen narra la historia de un matrimonio compuesto por Nora y Torvald Helmer, ella es "el estornino", "la alondra", el pajarillo que revolotea a su lado y es muy derrochadora, condición que se asumía como prototipo de lo femenino.
Sin embargo, los excesivos gastos de Nora se debían a un préstamo que ella había solicitado para poder realizar un viaje curativo destinado a su esposo, en momentos en que él padecía una enfermedad pulmonar severa y le habían recomendado el clima de Italia. Ella llega a falsificar la firma de su padre en un documento crediticio y al descubrirse la situación y el chantaje al que está siendo sometida la reacción del marido más preocupado por "el qué dirán" es de furia, desprecio y desamparo para con Nora que recuerda cómo de las manos de su padre pasó a manos de su marido sin haber podido nunca ser ella quien construyera su propio destino, por lo que después de una árida discusión con Torvald pega un portazo y abandona la casa, su marido y sus tres hijos pequeños, sin pensar en un regreso. Decidió firmemente salir de su lugar de "muñeca", objeto casi decorativo y de distracción y entretenimiento para los hombres, absolutamente censuradas en sus decisiones y apartadas del manejo del dinero.
"Lo que pasó cuando Nora dejó a su marido o Los pilares de las sociedades…" Éste es el título de la primera obra teatral (1977) de la escritora austríaca Elfriede Jelinek (1946) y que fuera magistralmente representada en el Teatro Municipal de la CABA Gral. San Martín en el año 2003 con dirección de Rubén Szchumacher y las actuaciones de Ingrid Pelicori como Nora y Horacio Peña como Torvald Helmer.
Jelinek, escritora feminista de izquierda, que obtuviera el Nobel de literatura en el año 2004, dijo que como muchas lectoras o espectadoras llegó a preguntarse qué habría sido de la vida de Nora, el pequeño estornino de Torvald, en definitiva, una burguesita coqueta, consentida y bastante tradicional – hasta el momento del portazo -, con que pareciera hacer tambalear todo un sistema patriarcal y una determinada representación de la mujer consagrada a la maternidad. Y retomando una frase llena de sarcasmo de la psicoanalista Irene Meler : "Ponéte algo encima, hermana, si vas a salir a la intemperie...", piensa en situaciones que la muestran a Nora en 1920 ante una entrevista laboral frente a un jefe de personal, ella que sólo conoce de minúsculos trabajos domésticos y de pintarse las uñas, luego frente a otras obreras industriales a quienes desea convencer con su discurso feminista que ellas no siguen y que no pueden comprender, que reprueban asimismo el abandono que hizo de sus hijos porque ellas por más que sus vidas fueran simples y sacrificadas y les impongan rutinas terribles no lo harían.
La caída del discurso freudiano de "la envidia del pene" frente al Jefe del Taller que se ha enamorado de ella cae en un vacío, la necesidad de solidaridad entre las mujeres (aunque todavía no eran tiempos de hablar de "todes" y "sororidad"), el rechazo hacia el nazismo, y del amor hasta el fatal enamoramiento de un empresario chino que la trata de "abejita pícara y saltarina" y le promete devolverla a un ambiente lujoso, aunque finalmente como él está más enamorado del capital que de Nora, sucede el inevitable fracaso y la caída en la prostitución: su cuerpo es ahora una mercancía que puede ser comprada. Todas estas situaciones terminarán llevando a Nora finalmente al ya desvencijado living del atribulado Torvald, ya viejo.
¿Cuántas obras literarias hablan del largo recorrido que las mujeres debimos hacer en el campo social y atravesando años de historia oponiéndonos a los modelos de sometimiento del patriarcado? Muchas más de las que aquí brevísimamente están reseñadas, pero todavía queda mucho por recorrer y también por producir escrituras que felizmente desde la literatura con las palabras conocidas u otras nuevas referencien cada momento.
Marisa Mansilla / Taller Álgebra y Fuego / marisamansilla2000@yahoo.com.ar
Dirigida por Rubén Szchumacher, Ingrid Pelicori fue Nora en 2003.



