Campana ha tenido siempre una actitud contestataria que han respondido al estímulo externo que la ha ido creando como si su destino no le fuera propio. Desde sus orígenes es una ciudad donde poco se ha hecho per se o por la voluntad de lo que queremos ser, sino como respuesta a lo que las circunstancias han ido dictando que se puede, o se debe ser. Y a la prueba me remito.
Desde sus orígenes el asentamiento lo fue, porque era el paso del camino real al río, luego fue el desarrollo industrial incipiente y el ferrocarril y como resultado de un destino económico, antes que una voluntad urbanística, la primera traza planificada de una ciudad subordinada al desarrollo industrial costero. Luego vino la crisis y el temporario ocaso de la producción, acompañado del desconcierto hasta la segunda revolución industrial allá por el 50 y pico, con la llegada de la metalurgia y el resurgimiento de una ciudad que se subordino a ese desarrollo.
Pasaron los años y sin control tanto talleres, proveedores e industrias complementarias se fueron repartiendo el territorio según sus conveniencias, muchas veces con buen criterio personal, aceptando la distancia con el centro poblado que con el tiempo los fue rodeando, otras con cualquier criterio utilitario cegando bañados o alterando territorios naturales. Y allí también la planificación, bien gracias. Hasta que llegó de afuera la imposición de ordenar el territorio con la famosa ley de uso del suelo en el 76, ya siglo pasado. De nuevo la cuestión no era definir nuestro modelo de uso del suelo o aprovechamiento del territorio sino aceptar el designio de una legislación y ver como encajarla en nuestro partido. Y así surgió el primer Código de Planeamiento, a imagen y semejanza de aquella ley. Así pensamos y actuamos en aquel momento, probablemente con poca autonomía y libertad de acción.
Amantes de la planificación central los argentinos no sabemos ser proactivos en cuestiones territoriales y nos subordinamos siempre a lo que creemos es la verdad revelada por legislaciones genéricas que poco representan cuestiones verdaderamente locales, sin entender que estas son solo un marco de referencia. Pero es lo que hay como dice un conocido psicólogo y literato. Esa planificación central propuesta por la ley finalmente dividía la ciudad como una pizza con destinos que en algún momento debían replantearse según necesidades locales. De hecho, la ley misma y los decretos complementarios siempre reconocieron que el espíritu de esa norma debía adecuarse a cuestiones de necesidades particulares locales. Finalmente, si se interpreta bien, lo que es inamovible para esa ley es el cálculo de los indicadores territoriales en cuanto a cantidad de población e intensidad de uso del suelo, pero los ejes de desarrollo son potestad municipal. Y allí también de planificación, bien gracias. De hecho, puedo contar como anécdota, acá y en toda la provincia, que más de una vez cuando un funcionario no ha querido que se promueva alguna gestión en particular se ha escudado en el adagio "la ley no lo permite" adjudicando a este designio externo la responsabilidad de las negativas muchas veces poco fundadas. Con lo cual la mala de la película termino siendo la vapuleada ley de uso del suelo que ha permanecido impávida e inamovible desde el 76 como si las cuestiones territoriales fueran tan estáticas que no merecieran una revisión al menos por decenios, tal como hacen los países desarrollados, tema en el cual también, bien y gracias.
La historia no termina acá. La evolución basada en externalidades sigue. Por la creación de la hidrovia y la descentralización portuaria, llegó el redescubrimiento del litoral costero con su potencial náutico productivo. Y llegaron los puertos. Y después el Mercosur, y la restricción del transporte de gran porte para llegar a Capital y Campana como por arte de magia se redefine como una confluencia de la logística, el transporte y la transferencia de cargas. "Voila" como dirían los franceses. ¿Y la planificación? Bien, gracias. En conclusión, y finalmente siempre nos hemos subordinado a externalidades y poco nos hemos puesto a definir nuestro modelo de ciudad, nuestro verdadero proyecto urbano, manteniendo un Código estático lleno de observaciones y vacíos.
Tuvimos la ilusoria promesa el año pasado que se ponía en marcha nuestro foro de debate local a través del Concejo Urbano Ambiental, pero no dejó de ser nada más que un nuevo capítulo de "te llamo cuando te preciso y te cajoneo cuando ya pasó". Porque en esta sociedad mediática los gobiernos emulan el modelo del "bailando". Todo es según el rating que nos da minuto a minuto. Y el Concejo Urbano, una institución colegiada, creada por ordenanza, obligatoria como herramienta de gestión democrática para el planeamiento, parece que no mide.
En fin, me resisto a perder las esperanzas, que alguna vez nos toquen estadistas que piensen más allá de sus horizontes electorales y nos lleven a redefinir nuestro destino territorial.
Arq. Jorge Bader - Matrícula CAPBA 4015



