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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 27/jun/2004 de La Auténtica Defensa.

¿Por qué no charlamo´un yatito? ¡Ah!
Por Nancy González




 

nanalmendra@hotmail.com

Los salones literarios, artísticos y políticos del pasado sirvieron para la difusión de ideas, pero, aun en ellos, el afecto cumplía un papel preponderante. Es que, incluso en este mundo de locura y ambición, la comunicación verbal es indispensable para la supervivencia.

¿Cuántas veces nos hemos encontrado suplicando que esa persona que está a punto de preguntarnos ¨como andás¨, no lo haga en forma retóricamente educada y realmente esté esperando una respuesta más larga y sincera que un ¨bien... todo bien?¨ Sabemos que el otro no podrá solucionarnos nada, pero que escuche... ¡cuanto ayuda y cuanto sana!.

Conversar, definitivamente, no es lo mismo, que hablar por teléfono, escribir un mail o chatear. Es indiscutible la practicidad de estos medios de comunicación personal. Pero la verdad, es que nada se compara con la calidez de una mirada, con los gestos impuestos como opinión, apoyo o simplemente reflejo, de la palabra escuchada.

Por eso, las reuniones en lugares públicos en las que los parroquianos intercambian opiniones triviales alrededor de una mesa o se entregan a divagaciones superfluas tienen, sobre todo, la función de afirmar, por medio de la presencia, una alianza contra la soledad, el tiempo y las frustraciones.

Los aficionados a la charla se entregan a su ejercicio, convocados por un hondo y clarividente afán de contacto y consuelo mutuo, ávidos como estamos todos de que una mirada nos convalide, nos acoja en su ternura o al menos su paciencia, y que su compañía, que buscamos con el pretexto de compartir un rato, un trago o un café, nos infunda la consistencia y aun el valor que a solas tantas veces nos falta, acosados como vivimos, por eso que Pascal llamó con acierto, nuestro íntimo ¨vacío¨.

La carrera cotidiana nos excusa del compromiso de encontrarnos. Los problemas económicos nos someten a un encierro obligado, por que realmente muchas veces ¨no tenemos ni para el café¨.

Pero la verdad, es que éstas no dejan de ser solo excusas detrás de un tercer factor: nuestro progresivo encierro. Un día, dejamos de hablar por ¨no molestar¨, por no ser ¨desubicados¨, ¨por no tirar pálidas¨, ¨porque mejor te lo cuento con tiempo¨, ¨porque total ya pasará¨, ¨porque ahora estoy demasiado contento, o sensible, o nervioso, o cansado¨... La cuestión es, que nos callamos y de a poco nos fuimos acostumbrando a monólogos internos, a silencios profundos, a vacíos acostumbrados. Cuando quisimos acordar, nos encontramos deseando una charla trivial o profunda, pero sin saber como iniciarla.

Nuestra calidad de vida se apoya en cantidad de factores vitales para la subsistencia. Salud, trabajo, dinero... parecen ocuparlo todo. Pero si no le damos tiempo a los afectos, al ocio bien compartido, a la mirada necesaria, a la oreja dispuesta, nos encerraremos en un sin sentido del cual puede ser difícil escapar.

Entonces, por qué no prepara el mate o paga ese café o vino que debe, y llama a ese alguien, para preguntarle sinceramente: ¿Che, como andás?...

Recuerde que es un viaje de ida y vuelta, a veces sorpresivo, pero siempre entretenido.


 
P U B L I C I D A D






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