La estabilidad inflacionaria es problemática para gobiernos heterodoxos, que también velan por el crecimiento del poder de compra de los salarios. Algunos dichos de la semana que pasó iluminan una salida heterodoxa, menos problemática: "el camino de la productividad".
Varios desafíos enfrenta un gobierno en adelante, entre ellos ¿cómo promover el crecimiento y cómo bajar la inflación?. Un tercero, no menor en la Argentina histórica y presente, es de qué manera alcanzar la estabilidad cambiaria.
La tradición keyne-siana establece que una mayor participación de los salarios reales en el PIB tiene efectos expansivos, especialmente en contextos recesivos como el actual. Eso porque las crisis que enfrentan las economías capitalistas, desde 1930 a la actualidad, tienen que ver con el uso de los recursos (monetarios) más que con su disponibilidad. Como se sabe que el grueso de los salarios se destina al consumo, de allí la estrategia populista encarada por Trump para reactivar su economía basada en el mercado interno.
Pero las estrategias populistas enfrentan otras limitaciones en economías, pequeñas y abiertas, como la argentina. El grado de apertura de una economía y la sensibilidad de las exportaciones e importaciones a los precios relativos (que por su parte dependen de los costos salariales) son determinantes del efecto de los cambios distributivos sobre el crecimiento. Las subas del salario real no pueden ser violatorias de la restricción interna, porque entonces provocarán tensiones alcistas en el tipo de cambio y en la tasa de interés que los ahorristas reclaman para ingresar a Argentina.
Por eso las palabras de Emanuel Álvarez Agis tuvieron fuerte aceptación entre economistas heterodoxos. El poder de compra de los salarios debe aumentar (crecer sobre la inflación) pero la distribución del ingreso congelarse.
Si consideramos un hipotético mundo, en 2020, donde el resto de los factores inflacionarios (tarifas y tipo de cambio) logre estabilizarse, la dinámica de precios dependerá exclusivamente de: el crecimiento de los salarios nominales, de la estabilidad de la tasa de ganancia empresarial y de la productividad técnica. La tasa de ganancia suele considerarse estable (en situaciones normales). En tanto, si la productividad aumenta, el nuevo precio que pasaría a valer una mercancía ante un aumento de salarios nominales, estará ahora dividido en dos mercancías, con lo cual el precio representativo de dicha mercancía no se vería alterado. Así, los aumentos de productividad neutralizan la espiral inflacionaria.
De lo anterior surgen tres compromisos. De la clase empresaria de impulsar mejoras de la productividad tecnológica, y no solo protegerse en conductas ventajistas -en buena parte promovidas por administraciones liberales como la actual. La actividad empresaria no puede limitarse al traslado de paritarias a precio. Pero por otro lado, vale la observación, de que los incrementos de productividad solo son posibles cuando una economía que crece. En la fase recesiva del ciclo, las empresas que logran sobrevivir se limitan a mantener la rentabilidad, trasladando toda suba de salarios a precios, mientras que en las fases de auge, los sectores de mayor productividad incrementan su participación en el PIB y los trabajadores consiguen emplearse en trabajos acordes a su capacidad. Por último, los sindicatos deberán sondear que los aumentos en paritarias no sean comidos por la inflación pero comprometerse a no pedir re-ajustes por lo perdido.
De ese modo evitaríamos tensiones en otros precios relevantes, para economías pequeñas y abiertas, como el tipo de cambio y la tasa de interés real.



