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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 28/ago/2019 de La Auténtica Defensa.

Te hago el cuento:
La niñez sin concesiones
Por Marisa Mansilla





Marisa Mansilla

El nombre de Agota Kristof no aparece en el campo literario europeo sino hasta después de 1986, año de publicación de su primera novela, "El gran cuaderno", que fuera publicada en España recién en 1997 y actualmente en Argentina en la trilogía titulada "Claus y Lucas", los protagonistas de "El gran cuaderno", "La prueba" y "La tercera mentira" en una muy cuidada edición del sello catalán Libros del asteroide.

Agota Kristof nació el 30 de octubre de 1935 en Csikvánd, Hungría, país del que emigró a los 21 años de edad debido a que su marido, que era docente, había participado apoyando las fuerzas revolucionarias que fueron aplastadas en 1956 contra el gobierno prosoviético de la República Popular de Hungría por lo que para salvar sus vidas de una durísima represión que dejó como resultado miles de muertos se lanzaron a atravesar a pie la frontera con su pequeña hija, una beba de sólo cuatro meses, llegando primero a Austria y luego a la Suiza francófona. Allí trabajó durante cinco años en una fábrica de relojes sin saber hablar francés, aunque de alguna manera protegida por una labor que sólo requería de ella una delicada pero muda intervención en una cadena productiva.

Durante dos años estuvo redactando su novela "El gran cuaderno", que narra la historia de dos hermanos gemelos a los que su madre deja durante la guerra en casa de la abuela que no los quiere y a la que ellos tampoco quieren. El relato de esa dura situación está descripto con la crudeza que atraviesa toda la historia: "Venimos de la gran ciudad. Hemos viajado toda la noche. Nuestra madre tiene los ojos rojos. Lleva una caja de cartón grande y nosotros dos una maleta pequeña cada uno con su ropa, además del diccionario grande de nuestro padre, que nos vamos pasando cuando tenemos los brazos cansados.

Andamos mucho rato. La casa de la abuela está lejos de la estación, en la otra punta del pueblo. Aquí no hay tranvía, ni autobús, ni coches. Sólo circulan camiones militares.

Apenas hay transeúntes, el pueblo está silencioso. Se oye el ruido de nuestros pasos; caminamos sin hablar, nuestra madre en medio, entre nosotros dos.

Ante la puerta del jardín de la abuela, nuestra madre dice: -Esperadme aquí.

Esperamos un poco y después entramos en el jardín, rodeamos la casa, nos agachamos debajo de una ventana de la que vienen las voces. La voz de nuestra madre dice: -Ya no tenemos nada que comer en casa, ni pan, ni carne, ni verduras, ni leche. Nada. No puedo alimentarlos.

Otra voz dice: -Y entonces te has acordado de mí. Durante diez años no te has acordado. No has venido ni has escrito."

Esta escena nos abre un relato en que la crudeza de la guerra, los totalitarismos, los vínculos fracturados o rotos y la infancia desprotegida, abandonada en una espacialidad que es algo así como un descampado donde sólo quedan escombros nos conmueve y busca consecuentemente que nos convirtamos en lectores que no los abandonemos ni a ellos, los protagonistas, ni a la historia nutrida por todo lo que tuvieron que aprender solos, porque nadie podía enseñárselos y que, asimismo, ellos creían que necesitarían para seguir creciendo e insertarse en la vida adulta, por lo que la escritura en el gran cuaderno los ayudaría como forma de registro del proceso de ir volviéndose grandes e independientes. En efecto, los gemelos se ejercitan extrañamente en aquello que suponen los hará fuertes física y psíquicamente encarando prácticas de mendicidad, de tolerancia al dolor, de ceguera y sordera, de ayuno y crueldad, en fin un combo de curiosas disciplinas que los conducen a la pérdida de la inocencia e inclusive al sadismo -aunque no desprovisto de un sutil instinto moral conmovedor-.

La escritura de Kristof es seca, tajante, contundente, las oraciones son breves y los capítulos de esta primera novela de la trilogía son brevísimos y producen un efecto hipnótico, uno no puede parar de leerlos.

En "La prueba" y "La tercera mentira" las voces narradoras predominantes son las de uno u otro hermano, Lucas o Claus, que finalmente separados se fueron construyendo vidas diferentes, aunque el dolor y la melancolía que los lleva a buscarse indefinidamente les traza un determinado recorrido donde la palabra, la lectura, la literatura y la propia escritura los acompaña a superar la soledad, la deshumanización y falta de bondad de los hombres y la caída de toda esperanza. Pero, ¿quiénes son Claus y Lucas? Esos gemelos que con un pasado traumático en común se contradicen al contar sus historias personales, esos gemelos cuyos nombres están formados por las mismas letras pero en un orden diferente, esos gemelos que son dos, aunque también podría ser sólo uno y el hermano evocado o imaginado una mera ilusión por momentos casi fantasmática que rige no obstante el camino de cada uno de ellos, o del narrador de la historia, sea el que fuere. Estas segunda y tercera parte del tríptico "Claus y Lucas" están escritas de manera muy diferente a la primera, segmentadas en capítulos un poco más extensos, numerados o no pero con una hilación y relación de continuidad más fuerte. La novela fue galardonada con importantes reconocimientos: en 1986 con el Premio Europeo de Literatura Francesa, luego el "Alberto Moravia" en Italia, también en Suiza y el de "Literatura Europea" en Austria.

Agota Kristoff falleció a los 75 años en Neuchâtel (Suiza) en el año 2011 habiendo dejado con esta trilogía una reflexión profunda sobre el dolor humano y la infancia en soledad en u mundo complejo y cruel que no es capaz de gestos amables ni concesiones a la ternura, nos desafía consecuentemente como lectores a imaginar y construir un mundo mejor, menos insensible y atroz.


Por Marisa Mansilla/ Taller Álgebra y Fuego / marisamansilla2000@yahoo.com.ar


 
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