¿Cómo pueden las aulas transformarse en espacios donde el aprendizaje no sea medido solamente por el resultado de pruebas escritas sino por cómo los estudiantes piensan, planifican, crean, cuestionan y se comprometen de manera autónoma?
El desafío de responder esta pregunta nos abre numerosos caminos en donde la acción, el hacer, tiene el papel protagónico. Lo genuino de esta propuesta es que no se basa en proponerles a los alumnos estudiar "la verdad ya dada", sino resolver problemas y construir en el proceso verdades relativas, ponerlas a prueba, hacerse preguntas.
Uno de los tantos caminos que estamos recorriendo en este sentido en la Primaria de la Dante es el del aprendizaje a partir de proyectos gestionados por los mismos alumnos, quienes a partir de una pregunta que les plantea un problema, piensan en comunidad "ideas geniales" para resolverlo, diseñan a partir de ahí un proyecto para llevarla a cabo, lo gestionan y lo sostienen hasta alcanzar el producto final.
¿Es fácil, rápido e inmediato el resultado? Para nada y esto es, en realidad, lo que buscamos: desarrollar en nuestros alumnos las habilidades necesarias para sostener sus proyectos de vida, en donde los resultados no van a encontrarse fácil, rápida e inmediatamente, sino que necesitarán de ellos planificación, proyección, gestión del tiempo y trabajo en equipo.
Paulo Freire decía: "La educación no cambia al mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo", y sin duda esas personas son las que están en nuestras aulas todos los días.
¿Por qué pensar para nuestros hijos una escuela distinta de la que nos tuvo como alumnos a nosotros, sus padres? La tensión que despierta esta pregunta es fuente de numerosos debates, de puntos de vista encontrados y de acaloradas discusiones. Pero a pesar de ello, la compleja respuesta que amerita la pregunta encierra un supuesto cuyo consenso es general: Los chicos que hoy son protagonistas de la escuela primaria son actores sociales muy diferentes a los chicos que éramos alumnos hace un tiempo atrás. Ante esto, y apelando a la lógica más pura, sería falaz pensar que la misma escuela que funcionó para unos, tendría el mismo éxito para los otros.
El hecho de mirar la escuela primaria en retrospectiva y pensar desde este punto de partida una escuela hacia el futuro, nos instala en el campo de la incertidumbre y esto, nos interpela. Se da entonces una de las principales diferencias entre los alumnos que fuimos y los alumnos que hoy son nuestros hijos: nosotros íbamos a la escuela y podíamos vislumbrar posibles escenarios laborales, mientras que nuestros hijos vienen a la escuela y es muy probable que, al insertarse laboralmente en la sociedad dentro de unos años, lo hagan en trabajos que aún no han sido inventados.
A partir de esto, estamos obligados a reconocer este nuevo perfil de alumno con habilidades para insertarse en ese futuro, habiendo desarrollado las herramientas necesarias para resolver los problemas que la realidad social le proponga. Si queremos que cumpla esta misión con éxito, necesariamente tiene que ser alumno de una escuela distinta a la nuestra, ni mejor ni peor sino diferente, porque el paradigma es otro.
Tenemos la convicción de que el camino es pensar en un alumno cuya escuela primaria le enseñe a desarrollar esas habilidades, en donde aprenda a hacer, a saber y a ser, para constituirse como un ser humano íntegro preparado para protagonizar y construir con sus acciones un futuro mejor.
Desarrollar en los alumnos las habilidades para sostener sus proyectos, en donde los resultados no van a encontrarse fácil ni rápidamente, sino que necesitarán planificación, proyección, gestión del tiempo y trabajo en equipo.
Lic. Laura Corte / Directora Nivel Primario UADA



