El verano estaba siendo muy caluroso y para Oscarcito, la "pile" del club era obligación diaria, más cuando el sol apuntaba fuerte. Sentado al borde de la pileta había un desafío diario tanto que a veces no dormía pensando como vencerlo. Aprendió a nadar a los cinco años y nunca dejó de ir a las colonias del club y ahora con casi 11, era hora que dejara de mirar esa tabla de madera ubicada a cuatro metros del agua y de una vez por todas parase en la punta y tirarse.
Ese era el desafío, esa era la prueba de fuego a vencer: el trampolín. Esa fusión de monstruo y semi Dios instalado en una punta de la pileta y del que no hubo día desde que empezó ese enero que no lo mirara con una mezcla de admiración y odio.
Para tirarse del trampolín había que subir la escalera, caminar por la tabla, pararse en el borde de la tabla y entregarse al aire y a ese raro engaño que sucedía en ese instante y era que desde abajo, la distancia hacia el agua, era distinta que desde ahí arriba. Descubrió que desde arriba se veía el fondo de la pileta lo que parecía cuatro metros se convertía en ocho en una sola mirada y en un solo miedo.
Oscarcito estaba solo, se paró, lo miró con bronca y en cámara lenta empezó a caminar hacia él. Hizo la cola para subir la escalera, cada escalón parecía un gol, se tomó de la baranda con decisión y encaró desafiante por la madera. Y siempre le pasaba lo mismo, no sabía qué era, pero en ese momento tenía ganas de volverse, así que se volvió para atrás, se arrepintió y volvió hacia el borde y otra vez lo mismo. Así fue y vino como cuatro veces. La gente se empezó a juntar en la escalera esperando que el "nenito" se decida. En la quinta vez que volvió, así como si nada, apareció de entre la gente y de brazos cruzados su padre, que desde abajo veía las dudas de su hijo.
Su papá lo tomo de los hombros, lo hizo girar y lo llevó hasta el borde del precipicio. Ahí nomás lo soltó o lo empujó, no importa, pero para Oscar eso fue un asesinato. Cuando se hundió en el agua sabía que había crecido y mientras nadaba hacia un costado se dio cuenta que los desafíos, las pruebas, las dudas sobre lo desconocido no son tales sin el riesgo a tomarlos. Pero por la noche con la cabeza en la almohada supo que tenía un socio, un compañero, alguien que tomo la decisión correcta y que también tenía dudas. Su padre conocía a su hijo como nadie, sabía que lo iba a superar y por eso lo empujó hacia el agua aun corriendo el riesgo de que le tuviera miedo para siempre.
Así como este ejemplo, los padres toman decisiones conociendo a su hijo como a ellos mismos. Hay un ejemplo claro de poner límites, de despejar dudas, de cuidado, de velar por su hijo, de ayudar a sortear obstáculos, de tomar decisiones extremas cuando lo crea necesario y de actuar cuando se terminan las palabras y las acciones. En esta verdadera historia, hay un niño, un desafío y un padre. Así es la vida, un continuo desafío a superar y como en este caso, era miedo para siempre o aprendizaje para toda la vida. Con padres al lado siempre será aprendizaje.
Néstor Oscar Bueri es Psicólogo Social y Observador y Coordinador de Grupos. Su mail es: nestorb_ps@hotmail.com



