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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 05/ene/2020 de La Auténtica Defensa.

Fútbol Infantil:
De mandarinas a la canchita del barrio
Por Néstor Bueri







Néstor Oscar Bueri

Que te mudes de casa en edad infantil marca ciertas diferencias reemplazables o no y enseña que lo mejor de las despedidas son los reencuentros. Mientras me alejaba de la cuadra bien temprano esa mañana sabía que mis amigos estaban durmiendo. Me preocupaba saber que el "Tanito" quizás me vaya a buscar para jugar a la pelota en la calle y yo no iba a estar. Los árboles que oficiaban de arcos en la vereda de don Domingo Pan, el portón del "Gringo" Facca y la esquina donde cazábamos mariposas en primavera de a poco iban quedando atrás. La vereda de baldosas, la calle de tantos raspones, la librería de "Kelo", donde compraba las figuritas, el almacén de Cordero de tantos mandados con la bolsa del pan, mi tía Carmina, mi tío Lalo… todo iba pasando como una película.

A esa edad me preocupaba más el juego y la pelota, como principal elemento. Barrio nuevo, casa nueva, calles nuevas, escuela nueva… amigos nuevos.

Pero nada se reemplaza, sino que todo se agrega. Las calles eran de tierra así que se tornaba difícil jugar a la pelota; las casas no tenían árboles en su frente y ni siquiera tenían gente adentro. Se me complicó la vida, pensé. Hasta que los amigos empezaron a fluir de a poco y todos con la misma situación. Recorrimos las manzanas y entre árboles de mandarinas y arbustos se divisaba una extensión apenas plana con un pozo esquinero y rodeada de yuyos. Eso iba a ser nuestro primer estadio de fútbol. Iba a ser nuestro salón de juegos diario. Con el filo de las "Flechas" marcamos las líneas y cortamos unas cañas cercanas; alguien trajo una pelota cualquiera y a jugar se ha dicho.

De a poco el grupo se fue agrandando y era necesario agrandar la cancha. Así que primero cortamos los matorrales. Detrás de los arcos ya era imposible ir a buscar la pelota cuando alguien se quería hacer el "Beto" Alonso y se le torcía el chanfle. Después la cambiamos de lugar y era de calle a calle, casi profesional, a no ser por esos arcos de troncos torcidos, principalmente un travesaño mal cortado.

Con el tiempo y más amigos, la canchita iba cobrando vida con sus estrenados arcos de caño. Y así pasaba la infancia, en esa extensa pradera corta de tierra a la que todos le decían "el potrero", pero para nosotros era "La Canchita". Era el lugar de hacer amigos diarios, era tan mágica y atrevida que fue capaz de cambiar los nombres. Sergio, Raúl, Rubén y Néstor pasaron a ser el Ratón, el Tano, el Mono, el Tapón. También estaba Tito, Lucho, Tucu, Micki, Chino…

Era el lugar donde la amistad se acrecentaba después de cada discusión, donde elegías con quién estar y compartir el juego más divertido de todos. Antes era la quinta "Vibú", después fue nuestro barrio, nuestra canchita del barrio Banco Provincia. Al pasar los años, en un invierno frío, a media tarde, caminé las tres cuadras con mis manos en los bolsillos del jogging y me paré llegando al cordón: desde ahí divisaba los arcos de caños despintados, el poco pasto en el medio y algunos altos sobre el lateral. Y también vi ladrillos apilados a un costado con arena y piedras: la canchita estaba muriendo. No estaban mis amigos, ni sus gritos ni sus festejos y el viento frío hacia rodar algunas hojas desubicadas. Sentí que era el final. Entonces bajé la cabeza, le di la espalda y me alejé. Ese fue el último día y no sé qué día fue. Jamás la volví a ver. "La Canchita" que nos dio vida y juegos, que soportó nuestra infancia divertida quedó enterrada entre portones lujosos y paredes brillantes. Dicen que lo mejor de las despedidas son los reencuentros, pero nadie me dice qué tienen de bueno cuando sabes que no habrá reencuentro.


Néstor Bueri / Psicólogo Social


 
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