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» Este artículo corresponde a la Edición del jueves, 09/ene/2020 de La Auténtica Defensa.

El Rincón de Aléthea:
Likan Antai (Gente de aquí)
Por Angela Monsalvo




CON LA GENTE QUE ME GUSTA

Con la gente que me gusta
Me dan las claras del alba
Compartiendo madrugadas,
Palabras, risas y lunas.

Con la gente que me gusta
No existe ni espacio ni tiempo;
Sólo hablando de recuerdos
Mil veces vi amanecer.

Con la gente que me gusta
Paso las noches en vela
Deberían ser eternas
Como la lluvia y la sed.

Me gusta la gente
Que cuando saluda
Te aprieta la mano
Con fuerza y sin dudas

Me gusta la gente
Que cuando te habla
Te mira a los ojos,
Te mira de frente,
Te dice a la cara

Aquello que siente
Y nada se calla
Y no tiene dobleces;
Me gusta la gente

--Isabel Pantoja.

No existen estadísticas que establezcan cuántas veces se empleó la palabra gente a lo largo de la historia. Acaso fueron miles, millones, billones. Lo que la gente quiere, piensa, espera, nos dice, nos pide y así en forma interminable hasta convertirse en un sonido parecido al de una lluvia lejana.

En la Roma antigua se usaba el término gens para establecer el linaje, el parentesco de sangre y origen entre los individuos. De este vocablo latino deriva gente. Entonces, me pregunto, ¿a quiénes se refieren los que una y otra vez mencionan a la gente? ¿A qué grupo, a qué tribu, a qué familia?

Lo cierto es que, mientras nombramos a la gente, parece ser que las personas están ausentes.

El filósofo francés Emmanuel Mounier decía que "una persona es lo que no puede repetirse dos veces", ya que lo que hace a cada una de ellas es propio, intransferible, inédito e irrepetible.

Si nos detenemos a pensar veremos que la unidad de personas en el espacio y en el tiempo da como resultado la humanidad.

El proceso de convertirnos en personas requiere del ejercicio de la responsabilidad y otros valores morales esenciales y, sobre todo, de no renunciar al pensamiento como herramienta para contemplar, cuestionar, elaborar, preguntar, es decir, para ocupar un lugar propio en el mundo y tener una cosmovisión intransferible.

Cuando se insiste en hablar de la gente se elude referirse a las personas y sólo éstas pueden acceder a sus derechos y cumplir con sus deberes como ciudadanos, como usuarios, como consumidores, como espectadores.

Si se insiste una y otra vez en la categoría difusa de emplear el término gente, se hace muy difícil o casi imposible, detectar a las personas, mirarlas y honrarlas como tales, dirigirse a ellas reconociendo y respetando su esencia.

Si en cambio, comenzamos por las personas, la gente será una rica integración de diferencias, de singularidades, de perspectivas.

Quizás sean tiempos oportunos para preguntarnos si nos estamos registrando los unos a los otros como personas.

Nacer humano, tener el privilegio de poder convertirse en persona y no hacerlo no es el mejor destino para una vida. Actuar como personas hará que nos traten como tales.


 
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