Hace pocos días, Ariel del Plata inauguró un cartel de bienvenida al barrio que el fileteador y artista Marcos García Ortiz hizo para la sociedad de fomento. Creador del escudo heráldico de Campana, combinó la pasión por la pintura con el oficio de letrista, hasta que se retiró con la llegada del plotter. "No estoy en contra de la tecnología. Si creo que la deuda grande que tiene es dejar desplazada a la gente", dijo en una charla con La Auténtica Defensa.
"Por 20 años le hice la cartería de seguridad a Siderca. Se hacía todo manualmente, desde el armado y el corte de chapa. Tenía una quinta en el barrio Albizola y producía todo ahí. Después llegó el plotter, que revolucionó todo y a los artesanos de la pintura nos pasó por arriba. Había que adaptarse a lo que venía o ver qué se podía hacer. Yo ya tenía edad para jubilarme, pero muchos invirtieron en plotters y algunos hasta llegaron a perder su casa. No había clientela para tantos". Marco García Ortiz tuvo la suerte de coronar su carrera como fileteador y letrista profesional en los albores de la era de la automación y el dibujo digital. Hoy, a los 77 años, es uno de los últimos de una especie en extinción.
"Yo en una época trabajé para todos los rematadores. Después coloqué carteles desde Pilar hasta Rosario para dos empresas grandes de Capital. Tenía camioneta y casa rodante y salíamos a la ruta por varios días. Eran carteles que venían en rollos de papel y se pegaban. Ahora ya vienen hechos y se enganchan fácil. Uno no puede competir. Lo único que no ha logrado lo industrial… Yo digo que es frío, no ha logrado esa cosa dúctil que puede tener o ese pequeño error que nos pedían en Bellas Artes: no hacer las cosas perfectas", comenta Marcos, sentado en el living de su casa sobre la calle Trofeli en el barrio Ariel del Plata.
La sociedad de fomento le pidió hacer un cartel de bienvenida al barrio que ya luce en la esquina de Aguiar y Colectora Sur. Él no estaba muy convencido: las energías prefiere volcarlas en transmitir su arte al grupo de alumnos que lo tiene como referente. Pero aceptó. Tiene el proyecto de cambiar los carteles indicadores de las calles y darles su toque personal, para que estima necesitará apoyo municipal.
Marcos García Ortiz posa frente a su última obra que luce en la entrada al barrio Ariel del Plata.
Marcos vivió toda la vida del arte. Porque lo que hacía, sea para una gran industria como la Esso -a la que le cambió la estética de las letras de toda una flota de camiones cisterna- o para vender como artesanía y sobrevivir durante su exilio forzado, era creación pura. "Lo más difícil es poner algo que sea tuyo y que quién lo vea lo reconozca", apunta en un tramo de la charla. Como a la mayoría de los artistas, a veces le fue bien, otras le alcanzó lo suficiente. La ciudad, a la que le dio su escudo heráldico, no siempre lo apoyó: en 2015 le quitó sus talleres. Él no hecha culpas.
"Un día el pintor Raúl Soldi me dice que hay dos poderes: el del asombro y el de la emoción. Cuando el hombre llegó a la luna, estábamos todos a la una de la mañana esperando. Hoy va a la luna y a nadie le interesa. En cambio, con la buena pintura, la buena literatura y la buena música el hombre se va a emocionar siempre. Y tenía razón", recuerda Marcos. Atrás de su casa tiene un galponcito que impresiona. Está lleno de cuadros, pintados algunos cuando recién despuntaba la pasión, entre los 15 y 18 años. Se trata de las obras que ha decidido guardar o no ha podido vender. Porque en una muestra en Brasil, afirma todavía con asombro, le llegaron a comprar 36 de las 40 expuestas en apenas una hora. Un número que en Argentina es impensable, asegura.
El artista estuvo algunos años viviendo en Santos, cerca de San Pablo, donde conoció a grandes artistas brasileños. Lo militares argentinos sospechaban de él por su participación en la Sociedad de Artistas Plásticos de Zona Norte, de la que era presidente. En dos oportunidades le registraron hasta el moisés donde dormía su hija en busca de no sabe qué. Eso, más la sensación de la ametralladora apuntándole al cuello, lo motivó a partir. Fueron años productivos desde lo artístico. Entró en la Asociación de Artistas Plásticos del Litoral Paulista, después en el Centro Cultural Brasil - Estados Unidos, ganó premios y tenía el lujo de vivir frente al mar. Quería radicarse de manera definitiva, pero el grave accidente automovilístico que sufrió su esposa -recobró la conciencia solo tres meses después- trastocó los planes. Había que volver.
"Cuando vendí la quinta donde tenía el taller, quemé más de 500 cuadros y más de 2 mil dibujos. ¿Dónde los iba a meter? Los que quedaron, el primo que me compró la quinta los puso en un volquete y dice que la gente se los llevó en 10 minutos. En algún lado estarán. Un día le pregunté a Ezio Mollo, que estaba enfermo, si estaba pintando. `¿Que querés, que después haga como vos y los tenga que quemar?`, me respondió. Tenía razón. Yo fui muy prolífico, pintaba muchísimo. Cuando hacía los contratos con Brasil, que tenía que hacer exposiciones una o dos veces por año, a las seis de la tarde me encerraba atrás y eran las 12 de la noche y seguía pintando. Para llevar 20 o 30 trabajos, tenés que hacer 80. Todo no sirve. Uno, si es autoexigente, va viendo qué trabajo no va. Un buen pintor se caracteriza si tenés un buen dibujo abajo. Lo mismo con las letras. Esas que hice para el cartel de la sociedad de fomento ni las marqué, pero por las tantas que he dibujado", dice Marcos.
El sol se apaga en Ariel del Plata y Marcos posa frente a su última obra que luce en la entrada al barrio. Tiene miles de historias más para contar. Un amigo le dice que hay que escribir un libro con su vida. Un capítulo podría estar dedicado a los goles que hizo cuando jugó en la tercera de Atlanta. Otro para cuando salió en la pantalla de "El Show de Mareco" y en Campana causó "una revolución". Más adelante, las páginas repasarían esas travesías por la Panamericana montando las estructuras para carteles publicitarios, levantando al hombro vigas de metal a nueve metros sobre el suelo e improvisando tenedores olvidados para los asados al costado del camino. O la invitación a exponer del otro lado de la Cortina de Hierro en la ciudad de Stalingrado, donde sus cuadros llegaron gracias a la flota argentina de negación de ultramar. O también la presentación en el Concejo Deliberante del escudo heráldico de Campana, obra de su autoría y por la que fue reconocido recién años más tarde: ese día ni lo mencionaron, afirma.
"No estoy en contra de la tecnología. Si creo que la deuda grande que tiene es dejar desplazada a la gente. Y más que a la maldad de los malos, hay que prestarle atención al cansancio de los buenos. Cuando eso se desata, son imparables", dice. Por ahora Marcos no está cansando. El cartel de bienvenida al barrio lo demuestra.



