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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 29/mar/2020 de La Auténtica Defensa.

Opinión:
Aguas y cloacas, de afuera hacia adentro
Por Arq. Marcelo Pazos







Marcelo Pazos

Hay circunstancias en las que la noticia relevante se convierte en excluyente y eclipsa a todas las demás, las convierte en irrelevantes, en intrascendentes. Esto es lo que ha ocurrido con el COVID-19 que en los últimos meses se ha vuelto sumamente popular conocido con el nombre de corona virus, que en realidad designa a toda una colección de virus que tienen la capacidad de ir mutando y que tiene precisamente esa forma de corona que le da nombre.

Precisamente el domingo pasado mi colega Jorge Bader en su habitual columna, sin duda sensibilizado por esta pandemia que nos involucra a todos los Homo Sapiens (o sea a TODOS) describió con fidelidad las condiciones en las que se podían encontrar los espacios públicos urbanos europeos en los burgos medievales, y el modo en el que las condiciones ambientales favorecían las pestes que recurrentemente diezmaban a la población de estas protociudades, entre las cuales destaca la Peste negra de 1350.

Esta situación se repitió una y otra vez a lo largo del tiempo, no sólo afectando a las ciudades del Viejo Mundo. Bader hace referencia a la llamada Fiebre amarilla que asoló la ciudad de Buenos Aires durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, y explica cómo la peste incidió sobre la morfología urbana.

Las ciudades crecieron con el gran impulso de la Revolución industrial y las condiciones ambientales de los espacios urbanos aumentaron sus aspectos disfuncionales a la par del incremento poblacional de los núcleos urbanos. Ya no son pequeños burgos amurallados en la campiña circundante sino grandes espacios muy antropizados donde la inmensa mayoría de la población vive hacinada en viviendas mal ventiladas, carentes del mínimo asoleamiento y los benditos rayos bactericidas del sol, en barrios en los que las calles de barro se llenan de basura y pestilencias, donde medran los roedores y otras alimañas y vectores.

Debe entenderse que no se trata de la desidia de los gobernantes de entonces. Simplemente las condiciones sanitarias no formaban parte de las preocupaciones de esos tiempos. No estaban incorporadas al paradigma vigente. La forma de las ciudades es producto de la interacción de los diversos subsistemas actuantes y obviamente los valores, las creencias, los supuestos, las preocupaciones, que constituyen el paradigma de una sociedad tienen una gravitación notable.

Las corrientes sanitaristas surgieron como consecuencia de las corrientes humanistas que se rebelaron contra las condiciones infrahumanas en las que llevaban a cabo su cotidianeidad las personas y familias de los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Pero además se comprendió que una vez desatadas las epidemias no reconocen linaje, prestigio, cargo, ni fortuna.

A partir de entonces el paradigma se modificó al punto de que hoy la ley 8912 de usos del suelo en la Provincia (ya antigua) reconoce los servicios sanitarios como esenciales. En sus dos últimos períodos a cargo del gobierno local tuve el honor de ser convocado por don Calixto Dellepiane para hacerme cargo de la infraestructura urbana, y debo recordar que al retirarse del gobierno habíamos alcanzado un casi total abastecimiento de agua por red y habíamos un alto porcentaje de domicilios con servicios cloacales, incluyendo la construcción de la planta de tratamiento de efluentes para los barrios Siderca y Ariel del Plata.

Pero claro, estoy hablando de hace 25 años, y el crecimiento de Campana no se detuvo, y se trata de un problema que no es exclusivo de nuestra ciudad. Por el contrario, el paradigma consagrado en el siglo XX y hasta no hace mucho era entonces el de la ciudad de crecimiento orgánico con límites difusos.

En este escenario los servicios corren por detrás del entorno edificado y consecuentemente nunca alcanza a las periferias. Por suerte el concepto de organicidad que caracteriza a las ciudades ya no se refiere a su descontrolado crecimiento sino que desde el Planeamiento Urbano Ambiental lo hemos caracterizado de otro modo, como un estadio dentro de una cadena de entidades crecientemente complejas.

Hoy el planteo ha cambiado, y tanto la Agenda 2030 de la Organización de la Naciones Unidas –a la que adhirió nuestro país, y nuestra provincia-, en su Objetivo de Desarrollo Sostenible número 11, referido a las ciudades, como también Habitat III, la última conferencia para el desarrollo urbano, y La Nueva Agenda Urbana, sostenida también por CEPAL, abogan por ciudades más compactas y entornos urbanos más definidos y acotados.

La noticia a la que me refiero al iniciar estas reflexiones y que para más uno pasó inadvertida (que además entiendo que tiene una trascendencia notable) se refiere a las tratativas y conversaciones que el señor intendente municipal mantuvo con la empresa ABSA según publicó La Auténtica Defensa el domingo pasado, con el objeto de ampliar las redes de agua y cloacas.

Lo importante sería analizar en detalle a que sectores de la ciudad servirían esas ampliaciones. A mi entender y en base al tipo de ciudad compacta al que apunta la Nueva Agenda Urbana, los servicios deberían establecerse de afuera hacia adentro, desde las periferias hacia la centralidad, con el objetivo de consolidar en Campana el concepto de una ciudad en la que se pretende que todos sus vecinos gocen por igual de los beneficios de la vida urbana.


Arq. Marcelo Pazos / Profesor de Planeamiento Ambiental /Universidad del Salvador


 
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