Existen muchos mitos y creencias culturales que se siguen transmitiendo de una generación a otra.
Uno de ellos es creer que los bebés no entienden lo que se les dice, que no perciben las energías circundantes y que no absorben las energías disponibles.
Muchos malos entendidos ahorraríamos y mucho avanzaríamos a la hora de forjar una crianza saludable si comprendiéramos que en verdad es todo lo contrario de lo que acabamos de relatar.
El bebé humano no solo comprende la palabra, sino que además la necesita, para ordenarse, para tranquilizarse y para reducir su ansiedad.
La palabra anticipa, relaja, brinda seguridades y certezas, por eso es tan importante que los niños se acostumbren desde el nacimiento a este tipo de comunicación de parte de sus cuidadores.
Esta habilidad brindará muchos beneficios para la comunicación dentro de la familia, por lo tanto, nuestros hijos estarán acostumbrados a esta manera de vincularse entre hermanos y con sus padres.
Lo cotidiano y por supuesto cualquier acontecimiento inesperado, como una crisis, cambios dentro de la estructura familiar, alejamiento de alguno de los miembros, dificultades económicas o el problema que sea, podrá plantearse entre todos, de manera franca, cordial y transparente.
En este caso hago referencia a esta insularidad donde siempre ha mediado la palabra, para resaltar la importancia de poder hablar con nuestros hijos sobre la situación que estamos atravesando, de la manera más simple, sin magnificar los acontecimientos, brindando tranquilidad, seguridad y transmitiendo la certeza de que si bien es un hecho inédito en la medida en que seamos cautelosos y responsables pronto volveremos a la normalidad.
No olvidemos que los padres representan la imagen del cuidado, de la protección, de la seguridad y la familia es el clan al cual pertenezco y donde me percibo amparado.
Ana Lía del Mármol, Puericultora Universitaria - Terapeuta maternal - Centro Medico Rawson



